por S. Stuart Park
La relación entre el
Quijote cervantino y la figura de San Pablo no es caprichosa o baladí. Recuérdese que el propio Caballero de la Triste Figura tuvo en gran estima al apóstol: le consideró uno de los suyos, y me he referido en otra ocasión a las palabras de don Américo Castro en su
Cervantes y los casticismos españoles:
«He citado más de una vez lo dicho por Don Quijote al aparecer ante él la imagen de San Pablo, la del primer gran converso, tan dramáticamente convertido a la fe de Cristo: “Este fue el mayor enemigo que tuvo la iglesia de Dios nuestro Señor en su tiempo, y el mayor defensor suyo que tendrá jamás; caballero andante por la vida, y santo a pie quedo por la muerte, trabajador incansable en la viña del Señor, doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuelas los cielos; y de catedrático y maestro que le enseñase el mismo Jesucristo”» (DQ II,58).
Recuérdese también que Teresa de Ávila, quien junto con San Juan de la Cruz y fray Luis de León formaba parte de la gran tríada de eminencias espirituales y literarias sobre quienes el Santo Oficio proyectó su siniestra sombra en los tiempos recios en los que les tocó vivir, había sido en su juventud ávida lectora de la ficción caballeresca que luego repudió como indigna de su vocación religiosa. No es difícil, por tanto, ver en el
Libro de la vida de la santa abulense el patrón caballeresco que don Quijote tanto admiró en Pablo, donde los temibles jayanes y monstruosos enemigos de la caballería andante se transmutan en los demonios que afligieron el alma de Teresa y en las poderosas figuras que se opusieron a su obra reformadora, y donde los campos y caminos de la geografía hispana que también recorrió Teresa se convierten en los campos de batalla de su alma.
El genio de Cervantes consistió en dar verosimilitud a las hazañas de don Quijote y su fiel escudero de tal modo que la novela que acabó para siempre con el género caballeresco pareciera real, tan real como las luchas de Teresa, y tan trepidante como las contiendas de Pablo. Apaleado y apresado como Juan de Yepes, marginado como Teresa y humillado como fray Luis, Pablo conocía los peligros que le esperaban a cada paso en el mundo, y se apoyó no en la elocuencia de sus palabras sino en el poder de Dios:
«Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Co. 2:1-3).
Este no es el lenguaje de la ficción sino de la debilidad humana puesta al servicio de una causa mayor, la de Jesucristo crucificado cuya resurrección constituyó el punto de inflexión en la vida del apóstol. No es el lenguaje de la ficción, como conocieron de cerca tres figuras señeras del Siglo de Oro español. De ellos hablaremos a continuación.