por S. Stuart Park
La disponibilidad universal de las Escrituras y en lengua vulgar pudo costarle la vida a fray Luis, y frente a la presión del temible tribunal inquisitorial vio necesario matizar su posición, contra su propia voluntad y sin moverse un ápice de la convicción que tan elocuentemente había expuesto:
«Pero como decía, esto que de suyo es tan bueno, y que fue tan útil en aquel tiempo, la condición triste de nuestro siglo y la experiencia de nuestra grande desventura, nos enseñan que nos es ahora condición de mucho daño».
Y así fue vetada la Biblia en lengua vulgar y las razones que se adujeron entonces son esgrimidas, a veces, hoy: la libre interpretación de la Biblia, se afirma con frecuencia, puede inducir a error. Surge, por tanto la pregunta: ¿Qué principio hermenéutico garantiza una interpretación correcta de la Biblia, correcta en el sentido de que se ajusta a la intención de sus autores?
La respuesta se encuentra en la lectura cristológica de la Biblia, tal como explicó el Maestro en el camino de Emaús (Lc. 24), la que cumple la función expresa de los autores apostólicos y conduce al conocimiento de Cristo. Pablo lo expresó así a Timoteo, su hijo en la fe:
«Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús» (2 Ti. 3:14-15).
La prohibición impuesta supuso que el pueblo llano solo pudiese oír la Palabra en latín durante los oficios religiosos, e incluso la propia Teresa, que no sabía latín, tuvo que transcribir los textos oídos fonéticamente, tal como le sonaban. Por supuesto que no tardó fray Luis en tomar su revancha de la humillación a la que había sido sometido, y escribió a continuación:
«Y si alguno se maravilla, como a la verdad es cosa que hace maravillar, que en gentes que profesan una misma religión haya podido acontecer que lo que antes les aprovechaba les dañe agora, y mayormente en cosas tan substanciales; y si desea penetrar en el origen de este mal, conociendo sus fuentes, digo que, a lo que yo alcanzo, las causas de este daño son dos: ignorancia, y soberbia…».
El propio fray Luis no desistió de su hermosa vocación. Tradujo al castellano
El Cantar de los Cantares, el libro de
Job, y escribió comentarios sobre el profeta
Abdías y la
Epístola a los Gálatas. Cuando el Santo Oficio liberó a fray Luis de la cárcel de Valladolid, anuló todos los cargos que había contra él a la vez que se decretó la supresión de su traducción del
Cantar, el libro que San Juan de la Cruz pidió que se le leyera en su lecho de muerte.
¿Son comprensibles los libros bíblicos leídos desde Cristo? Sobre esta y otras cuestiones hablaremos en la próxima entrega, y en la sección siguiente de nuestra publicación.