por S. Stuart Park
Parece evidente, como observó el apóstol Pablo, que si ignoro el valor de las palabras el texto de la Biblia me resultará incomprensible, y así fue durante gran parte de la historia de la Cristiandad salvo para quienes dominaban las lenguas originales o el latín hasta que el Renacimiento y la Reforma volvieron a las fuentes y se produjeron versiones señeras de la Biblia en lengua vernácula.
El afán de volver a las fuentes inspiró en España una versión monumental de la Biblia, que coincidió en el tiempo con la preparación del Nuevo Testamento en griego de Erasmo de Rotterdam. En 1499 el cardenal Cisneros obtuvo una bula papal para fundar la
Universitas Complutensis, una de cuyas grandes joyas fue la Biblia Políglota Complutense (1502-1517), iniciada y financiada por Cisneros para «reavivar el decaído estudio de las Sagradas Escrituras». Se trata de una Biblia completa en los idiomas originales, con una traducción de la Vulgata corregida y mejorada, obra de Antonio de Nebrija. El Nuevo Testamento fue terminado en 1514 y la Biblia completa en 1517, aunque no se publicaría hasta 1520.
Mientras tanto, en Europa habían comenzado a realizarse versiones de las Escrituras en lengua vernácula. John Wycliffe tradujo la Biblia al inglés (1382-1395), y William Tyndale llevó a cabo la primera traducción completa de la Biblia al inglés a partir de los textos hebreos y griegos (1522-1535). La traducción de Wycliffe formó la base de la Biblia más célebre en inglés, la Biblia del Rey Jaime de 1611. En Alemania Martín Lutero produjo una traducción de la Biblia en alemán (1534) y en España Casiodoro de Reina realizó su magnífica traducción al castellano en 1569.
Los pioneros de la traducción fueron perseguidos por considerarse que el acceso libre al texto bíblico suponía una amenaza para la autoridad de la Iglesia, y para muestra este botón, la sentencia del dominico Melchor Cano (1509-1560):
«La experiencia nos dice que dar la Escritura en lengua vulgar, toda o en parte, ha hecho daño a las mujeres y a los idiotas… Así lo han hecho los herejes… y por más que las mujeres reclamen con insaciable apetito comer de esta fruta [de la Biblia], es menester vedarla y poner cuchillo de fuego para que el pueblo no llegue a ella».
Hemos visto cómo fray Luis abogó por el acceso del pueblo llano a las Escrituras, e idéntico afán movió a los autores del
Libro de oración común de la Iglesia Anglicana a producir una versión en inglés (1662), como explicaron en su Prefacio:
«Y además, mientras que San Pablo quería que se hablara al pueblo en la iglesia en un lenguaje que pudiera entender y sacar provecho de él, el culto en esta Iglesia de Inglaterra durante muchos años se ha leído en latín al pueblo, que no entiende, de modo que sólo ha escuchado con sus oídos, y su corazón, espíritu y mente no han sido edificados por ello».
La Biblia es un libro abierto a todos, a pesar de los intentos tanto eclesiásticos como políticos de vetarla. Surge, por tanto, la pregunta: ¿cómo hay que leerla? ¿Se puede leer la Biblia en conciencia y en libertad sin confundirnos e incurrir en «error»?