por S. Stuart Park
El lector no profesional de la Biblia, como quien escribe estas líneas, depende de la traducción del texto original a su propio idioma, además de poder disponer de diccionarios bíblicos, concordancias y comentarios lingüísticos fruto de la erudición más depurada. A estas alturas del siglo confiamos plenamente en el acierto de las traducciones modernas, y nos inclinamos claramente por las que reflejan la belleza literaria del original.
La traducción de Martín Lutero, recluido en el Castillo de Wartburg en Eisenach, transformó el idioma alemán y no solo contribuyó al desarrollo del ‘alto alemán’ como lengua estándar en Alemania, sino produjo una joya literaria en sí. Según Jochen Birkenmeier, director del museo dedicado al reformador alemán en Eisenach «su gran logro fue infundir al lenguaje bíblico una fuerza poética y una belleza extraordinarias que las traducciones posteriores de la biblia nunca han igualado». Idénticas palabras han sido aplicadas a la Biblia del Rey Jaime, llamada la Biblia Autorizada, cuyo lenguaje ha permeado las letras inglesas desde la época de Shakespeare.
La primera traducción completa de la Biblia en español a partir de las lenguas originales fue obra del monje jerónimo Casiodoro de Reina, terminada en el exilio en 1569, con revisión de Cipriano de Valera. La Biblia del Oso, como era conocida por la imagen que adornaba su portada, sufrió el ostracismo por su filiación protestante y fue incluida en el Índice de Libros Prohibidos por la Inquisición.
La Biblia de Reina, conocida generalmente como la Reina-Valera (RV), no menos que las traducciones mencionadas goza de gran prestigio como vehículo de la belleza de su castellano del Siglo de Oro español. El propio Marcelino Menéndez Pelayo, autor de la
Historia de los heterodoxos españoles publicada entre 1880 y 1882, quien juzgó duramente a Reina, admitió que su versión «como hecha en el mejor tiempo de la lengua castellana, excede mucho […] a la moderna de Torres Amat y a la desdichadísima del P. Scío».
Con su opinión concuerda el académico Antonio Miguel Muñoz Molina en un artículo publicado en el diario
El País:
«Casiodoro de Reina escribe en un castellano prodigioso que está en el punto intermedio entre Fernando de Rojas y Cervantes, con una efervescencia expresiva que solo tiene comparación con santa Teresa, san Juan de la Cruz y fray Luis de León. (…) Es una lengua para ser recitada, entonada, cantada en voz alta; para expresar la furia tan desatadamente como el deseo erótico; y también las negruras de la pesadumbre y los extremos del dolor. Traducidos por Casiodoro de Reina, el libro de Job o el Eclesiastés son, sin la menor duda, dos de las obras máximas de la poesía y de la sabiduría en español. Y el Cantar de los Cantares tiene una caudalosa alegría erótica para la que no creo que exista comparación en nuestro idioma (…) Que sea desconocida para casi todo el mundo es una de las calamidades de nuestra literatura, y de nuestro idioma. Como tanto de lo mejor que ha dado nuestro país, la Biblia de Casiodoro de Reina es un fruto de la heterodoxia y el destierro».