por S. Stuart Park
Comenzamos esta sección sobre el valor de las palabras aludiendo a la condena por parte de Pablo del empleo insensible e infantil de las lenguas desconocidas (
glosolalia) por los miembros de la iglesia de Corinto, un asunto que califiqué de «arcano» para muchos de mis lectores; pero no para quienes asisten a una congregación pentecostal, o han asistido, como quien escribe estas líneas, y es preciso puntualizar que Pablo no condenó el ejercicio del «don de lenguas» per se, sino su uso indebido en público.
He recordado en
La palabra suficiente mi paso por la iglesia pentecostal a la que asistían mis padres, y cómo me sentía incómodo en medio de la (para mí) cacofonía de las oraciones de los congregados en el período de alabanza colectiva. Al margen de la zozobra que me provocaba, un solo sermón de los muchos que escuché tocó mi corazón y estimuló mi mente, cuando un culto y educado predicador explicó el significado de la muerte de Cristo en la cruz. Lo entendí, y el acto de entrega de Jesús por mis pecados me pareció sublime. Pero no todos lo ven así. Para quienes el relato del «sacrificio de Isaac» retrata una barbarie propia de un dios sanguinario y cruel, el sacrificio de Cristo en la cruz no resulta menos escandaloso y lejos de generar devoción y fe provoca repulsa e indignación. El propio apóstol Pablo era plenamente consciente del rechazo que provocaba la palabra de la cruz tanto a judíos como a griegos: para unos, tropezadero (
skándalon) y para otros, locura, y sin embargo no cejó nunca en su predicación:
«Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura» (1 Co. 1:22-23).
«Señales» y «sabiduría» no solo eran conceptos atractivos en la antigüedad, sino apelan poderosamente a los modernos también, tanto dentro como fuera del ámbito de la religión. Para Pablo, la palabra de la cruz reúne ambos y los llevan a su máxima expresión y plenitud. Escribió a la iglesia de Colosas:
«Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que nunca han visto mi rostro; para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento»
(Col: 1:1-3). Ahí lo dejaremos, con esta sabia recomendación de Pero López de Ayala (1378-1403) en su
Rimado de Palacio, a lo que solo puedo decir: Amén.
El buen predicador, si puede aprovechar,
Deve siempre decir e non debe çesar;
Mas, si ve que de balde espiende su fablar,
Tenga entonces silencio, non cure sermonear.