por S. Stuart Park
Lejos de nosotros sermonear en estas modestas páginas, en cualquiera de los dos sentidos del verbo según la RAE: ni el que emplea el predicador para aleccionar a su grey ni el que sirve a un juez para amonestar a un delincuente. Con todo, conviene de vez en cuando tomar una pausa para no dejarse llevar por la emoción sin calibrar los límites de aguante de nuestros pacientes lectores, por lo que la recomendación de Pero López de Ayala nos ha venido bien.
La cita de
Rimado de Palacio no ha sido del todo caprichosa ya que gran parte de la (extensa) obra de Pero López de Ayala (1332-1407), poeta, historiador y canciller mayor de Castilla entre otros muchos cargos políticos y distinciones sociales, se basa en los comentarios morales de San Gregorio al Libro de Job, un texto que López de Ayala tradujo y versificó, y que hizo mucho bien a Teresa de Ávila en medio de sus aflicciones, como cuenta en el
Libro de la vida. López de Ayala, aficionado como ella a los libros de Caballerías en su juventud, llegó a ser un gran conocedor de la Biblia y de obras clásicas de la antigüedad.
Viene a cuento la mención de las
Moralia de san Gregorio (c.540-604), y por ende del
Rimado de Palacio, por cuanto en el Libro de Job aparece a quien podríamos llamar el Sermoneador Mayor del Reino, el joven y fogoso predicador Eliú quien, cansado de oír las razones frustradas de los tres amigos de Job, se lanza al ataque contra él, seguro de que su sabiduría derribará por fin las defensas del patriarca malherido.
No deja de sorprender el hecho de que muchos comentaristas bíblicos dan la razón a Eliú en sus diatribas contra Job cuando, si bien su elocuencia es manifiesta y sus argumentos en defensa de Dios resultan sólidos e incuestionables, yerra el blanco por completo, ya que ni entiende el dilema de Job ni ofrece solución alguna para su mal. No así ni Gregorio ni, por tanto, Pérez de Ayala:
Aqueste fablar que Heliú ha mostrado
fue con orgullo e soberbia todo imaginado;
por ende, Sant Gregorio, aquesto razonado,
dice que non debe nin punto ser loado.
Lo cierto es que el asunto de Eliú va más allá de un ejemplo de soberbia o insensibilidad sino que afecta a nuestra comprensión del evangelio, de lo que hay en las palabras, y de cuál sea su valor. Job es una figura cristológica (lo anuncia Gregorio al principio mismo de su exposición) y, por tanto, su sufrimiento inocente prefigura la del propio Jesús. Atacarle como hizo Eliú es ponerse del lado del enemigo que hundió a Job en la miseria y a punto estuvo de destruir su fe.
Dijo el Señor Jesús: «las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida» (Jn. 6:63), y escribió S. Pablo: «la letra mata, mas el espíritu vivifica» (2 Co. 3:6), una lección que no habría entendido Eliú, mucho nos tememos, a lo largo de interminables horas de duro sermonear.