por S. Stuart Park
Una de las ventajas del formato de estos artículos -esperamos- es su brevedad, un aspecto del empleo de las palabras que recomendó el Predicador por antonomasia, el sabio Qohélet: «
No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras» (Ecl 5:2).
El propio Señor Jesús, en el Sermón más importante de la Historia, nos advirtió de la necedad de las «vanas repeticiones» en el ámbito de las oraciones (Mt. 6:7), y una de las características más llamativas de la propia Escritura es el laconismo de sus formulaciones y lo escueto de su narración.
En una ocasión el apóstol Pablo, con tantas cosas que decir en tan poco tiempo, se pasó de la hora con consecuencias dramáticas para un joven oyente llamado Eutico quien, vencido por el sueño tras escuchar a Pablo largamente sentado en una ventana, cayó muerto y se recuperó gracias a la rápida intervención del apóstol.
La historia no tiene desperdicio (Hch. 20:9-12). El discurso de Pablo cerraba su estancia en Troas (o Tróade) antes de partir para Mileto, y el accidente sufrido por Eutico habría supuesto un grave revés para el testimonio del apóstol en aquel lugar. Sobre esta historia el gran admirador de Qohélet que fue José Jiménez Lozano nos dejó esta ‘Advertencia para un prólogo’, a la que conviene hacer caso:
Según una historia del apóstol Pablo en Tróade,
una noche habló aquél tan largamente,
que Eutico, un muchacho muy joven,
sentado en el alféizar de una ventana abierta
en un tercer piso, se durmió profundamente
y cayó al suelo;
así que Pablo tuvo que resucitarle luego.
Pero tú no tienes tal poder paulino,
escribe corto, y todavía advierte, por si acaso,
que te lean en la cama.
Que te lean en la cama corre el peligro de inducir el sueño, pero la idea es válida. Con todo, no hace falta hablar o escribir prolijamente, ya que a fin de cuentas, el asunto no es tan complicado como pudiera parecer, y termino con estas sublimes palabras de Pablo:
«Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. (…) Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo» (Ro. 10:8-13).
Y no hay mucho más que añadir.