por S. Stuart Park
A lo largo de esta sección hemos tenido ocasión de reconocer la inmensa proeza de quienes tradujeron las Escrituras al vernáculo, a pesar de las persecuciones y el ostracismo que sufrieron por parte de quienes vieron peligrar su autoridad y posición o temieron que el libre acceso del pueblo llano pudiera inducir a error.
Hemos recordado, también, cómo una sola palabra mal interpretada pudo llevar a uno de los traductores pioneros de la Biblia, Martín Lutero, a confundir la justicia de Dios que trae salvación por la fe de Cristo, con la ira de Dios que condena al pecador. El asunto no era nuevo, y en el primer Concilio de la iglesia del que tengamos conocimiento (Hechos 15), a punto estuvo de destruir la unidad del testimonio apostólico y socavar el evangelio de Cristo:
«Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos. Como Pablo y Bernabé tuviesen una discusión y contienda no pequeña con ellos, se dispuso que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos. Y llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés.
Y se reunieron los apóstoles y los ancianos para conocer de este asunto. Y después de mucha discusión, Pedro se levantó y les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen. Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones. Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos» (1-11).
El tema se resolvió y el propio Pablo, escribiendo más tarde a la iglesia de Éfeso, resumió sucintamente las conclusiones del Concilio de Jerusalén, que colocó la relación entre fe y obras en su justo lugar:
«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef. 2:8-10).
Terminaremos esta sección sobre «el valor de las palabras» con dos historias que iluminan la doctrina de la justificación por la fe con meridiana claridad, y nos colocan frente a frente con la maravilla de la salvación.