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CUESTIONES DE PALABRAS      

      La sencillez del evangelio
            Cuestiones de Palabras (26).

por S. Stuart Park

    Valladolid, 21 de Noviembre de 2025

Charles Haddon Spurgeon
 

La palabra más torpe es capaz de convertir el alma. Charles Haddon Spurgeon (1834-1892), uno de los predicadores más profundos de la época victoriana, cuenta cómo en una mañana de domingo cuando se dirigía a la iglesia en busca de paz, una fuerte nevada impidió su progreso, obligándole a internarse en una callejuela donde había un lugar de culto perteneciente a una denominación llamada Iglesia Metodista Primitiva. Relató su experiencia así:
«El ministro no pudo acudir, al parecer, por causa de la nieve. Por fin ascendió al púlpito un hombre de aspecto famélico, zapatero o sastre, o algo por el estilo. Ahora bien, es bueno que los predicadores hayan recibido instrucción, pero este hombre era verdaderamente ignorante. Tuvo que limitarse a su texto, porque no tenía nada más que añadir. El texto era: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” (Isa. 45:22). Ni siquiera fue capaz de pronunciar las palabras correctamente, pero no importaba. En aquel texto vislumbré un atisbo de esperanza. (…) Al terminar, fijó sus ojos en mí, que me encontraba sentado en la galería, y dijo, como si conociera mi corazón: “Joven, tú pareces muy desgraciado, y siempre lo serás, desgraciado en la vida y desgraciado en la muerte, si no obedeces al texto; pero si obedeces, ahora mismo, en este momento, serás salvo”. Luego, alzando sus manos como solo un Metodista Primitivo era capaz de hacerlo, gritó: “Joven, mira a Jesucristo. ¡Mira! ¡Mira! ¡Mira! No tienes que hacer nada más que mirar, y vivir”. Vi enseguida el camino de la salvación… En ese mismo instante miré, y el nubarrón se levantó, y en aquel momento vi el sol».
Spurgeon, conocido como «el Príncipe de los Predicadores», se convirtió en maestro consumado del pensamiento penetrante y la exposición precisa. Su oratoria mantuvo absortos a los miles de hombres y mujeres que se congregaban para escucharle. Escribió himnos y poesía, comentarios y exposiciones, y sus sermones figuran entre los mejores de la historia cristiana. Fundó una casa de beneficencia, un orfanato y un seminario. Cuando falleció, se calcula que un total de cien mil personas se alinearon en las calles para ver el cortejo, pasaron junto a Spurgeon mientras yacía en el cementerio o asistieron a los servicios fúnebres.

Pablo habría disfrutado mucho de haber conocido la historia de la conversión de Spurgeon. En la cárcel de Filipos, donde se encontró preso junto con su compañero Silas, un terremoto sacudió la prisión y soltó las cadenas de los prisioneros. El carcelero, preso de pánico «pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas; y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa» (Hch. 16:29-31).

En medio de tanta controversia teológica y a veces árida discusión, la sencillez del evangelio brilla como la luz que despejó las tinieblas de la cárcel de Filipos e iluminó como el sol el horizonte del joven Charles Spurgeon en Londres.

En la próxima sección nos proponemos profundizar en el lenguaje del evangelio y su relación con la Palabra de Dios.


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