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CUESTIONES DE PALABRAS      

      "Y la garza lenta como si pudiera ser atrapada". (John Clare)
            Cuestiones de Palabras (28).

por S. Stuart Park

    Valladolid, 05 de Diciembre de 2025

John Clare
 

A la hora de ponernos a escribir ocurre, a veces, que un tema lleva a otro sin que el autor se haya propuesto ir por aquel camino, como si el texto hubiera adquirido cierta autonomía e invitase a tirar de un hilo sin saber de antemano a dónde conducirá. Tal ha sucedido con el repentino recuerdo de John Clare, un ejemplo claro —y en su caso algo desventurado— de la relación entre literatura y vida.

Clare se convirtió en jornalero agrícola cuando aún era un niño, aunque asistió a la escuela hasta los doce años. Al principio de su vida adulta trabajó como mozo en una taberna y se enamoró de una tal Mary Joyce, pero el padre de esta, un próspero granjero, les prohibió relacionarse. Más tarde, Clare trabajó como jardinero en una gran mansión, se alistó en la milicia, probó la vida de campamento con gitanos y trabajó como quemador de cal. En 1818, si bien había adquirido fama como poeta y vendía algunas de sus obras (ahora es considerado como un poeta cimero del romanticismo inglés), se encontraba en la penuria junto con su esposa Martha Turner y siete hijos y se vio obligado a aceptar un subsidio parroquial. La desnutrición que padecía desde la infancia contribuyó a su mala salud física en etapas posteriores de su vida.

Clare se debatía constantemente entre dos mundos, el de su creatividad literaria, y el de los vecinos analfabetos entre los que vivía, entre la necesidad de escribir poesía y la necesidad de dinero para alimentar a su esposa y vestir a sus hijos. Su salud empezó a resentirse y tuvo ataques de depresión, que desembocaron en una crisis de salud mental y un comportamiento cada vez más errático. En una ocasión interrumpió una representación de El mercader de Venecia para increpar al despiadado usurero Shylock, una escena que recuerda el episodio cuando don Quijote arremetió contra el Retablo de Maese Pedro y destruyó los muñecos a fin de salvar a los fugitivos (DQ II, XXVI). Hacia el final de su vida John Clare tuvo delirios, empezó a decir que era Lord Byron, y terminó sus días internado en un manicomio.

Nos acordamos de nuevo del predicador de la Iglesia Metodista Primitiva cuyas simples reiteraciones de un texto bíblico acompañadas de dramáticas gesticulaciones tocaron el corazón de Spurgeon y cambiaron su vida. ¿Estaba loco como John Clare aquel hombre iletrado? Por el efecto en Spurgeon, evangelista, expositor, escritor, filántropo y promotor de bienestar social, se diría que no.

Lo curioso del caso es que el texto que citó el predicador metodista (Isa. 45:22) pertenece a un contexto que nada tiene que ver, en apariencia, con el mensaje del evangelio que pretendía comunicar. Pero aquel hombre sabía algo que ignoraban los sofisticados fariseos que increparon a Jesús: valoró el lenguaje bíblico como vehículo de la Palabra de Dios, y lo interpretó cristológicamente.

«¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra» —había dicho Jesús—, y recibió esta respuesta: «¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano, y que tienes demonio?» (Jn. 8:48).

El asunto reclama nuestra atención, y tras este breve paréntesis volveremos a nuestro tema.


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