por S. Stuart Park
Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos, cantó el salmista, y bajo la bóveda estrellada de una noche serena no es difícil creer en un Creador sabio y bondadoso que cuida de nosotros con amor. Pero cuando ruge la tormenta y tiemblan los cimientos de nuestra salud o bienestar, podríamos llegar a la conclusión de que Dios está ausente, o indiferente, por lo que conviene interpretar el mundo que nos rodea con prudencia y discreción. Los discípulos de Jesús aprendieron esta lección cuando cruzaban por la noche el mar de Galilea:
«Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?» (Mr. 4:35-41).
Durante «aquel día» el Maestro había enseñado muchas parábolas, como la del sembrador, que evocaría en sus mentes el recuerdo de días primaverales en el campo bajo un cielo azul. Ahora, por la noche, sus esperanzas parecían hundirse con la pequeña barca en la que cruzaban el mar con el Maestro dormido en la popa.
El episodio enseña múltiples lecciones y ha dado lugar a un sin fin de reflexiones devocionales y no pocos sermones, y con razón. Pero más allá de nuestra falta de fe, tan manifiesta cuando las cosas se tuercen, y la autoridad de Cristo como Señor de vientos y mar, la historia de la tormenta atañe sobre todo a la misión salvífica de Cristo en el mundo, y trae a la mente una de las historias más célebres —y menos valoradas, a mi modo de ver—, la del profeta Jonás que encontró la salvación en el fondo del mar. Todas las historias bíblicas son cristológicas, y ninguna lo es tan declaradamente como la de Jonás, denostado por muchos y objeto de trivialización como tantas otras historias bíblicas, pero reconocido por Cristo como precursor suyo en su propia experiencia de muerte y resurrección (ver Mt. 12:40).
La historia de la barca zarandeada por las olas, no menos que la de Jonás, nos enseña que las palabras de la Escritura van más allá de la anécdota concreta y nos acercan al misterio de la salvación que vino a traer Jesús.
No estamos a prueba de muerte en el mar, de accidente en la carretera o enfermedad, pero podemos confiar en Dios en medio de las tormentas de la vida, ahora y en la eternidad. Jesús no era indiferente ante la tribulación de sus discípulos, y del sueño de la muerte se levantó al tercer día para disipar nuestro temor y llevarnos a la otra orilla en bonanza y paz.