por S. Stuart Park
Toda la Escritura encuentra su pleno cumplimiento en Cristo, y todas las señales que registran las páginas del texto sagrado apuntan a la persona y obra del Salvador. Una lectura, por tanto, que no va más allá del
lenguaje empleado —el primer paso, imprescindible, hacia la comprensión de la
palabra de Jesús— no accederá a la dimensión cristológica que constituye, en último término, su razón de ser.
Al mismo tiempo, la Escritura se caracteriza por una estrategia de intertextualidad única en el mundo, y las historias bíblicas remiten a otras para ensanchar su contexto y enriquecer su contenido. Tal es el caso de la escena que Juan relata, con su maestría habitual, de la restauración de Pedro en la playa de Tiberias, y la nueva comisión que el Señor le anunció.
Los discípulos habían pescado toda la noche sin éxito, y nos imaginamos que los ánimos de Pedro —el que tomó la iniciativa de ir a pescar— se encontrarían en un estado muy bajo al recordar su fracaso y derrumbamiento en la noche de la negación. Lo que no sabía era que le esperaba el Señor:
«Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez:
Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez:
Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo:
Apacienta mis ovejas. De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme» (Jn. 21:15-19).
Hemos subrayado el nombre que empleó el Señor para dirigirse a Pedro: Simón
hijo de Jonás, porque este era su nombre de cuna, naturalmente. Resultó lógico porque alude a la ascendencia familiar de Pedro, su identidad humana, pero ¿puede haber una segunda razón, más profunda, el vínculo espiritual que unía el nombre del apóstol al profeta antiguo?
La identificación de Pedro con Jonás no es del todo caprichosa. Cuando Jonás se derrumbó anímicamente tras su exitosa campaña en Nínive, el profeta fue interpelado tres veces por Jehová (Jon. 4), y lo mismo le sucedió a Pedro en la playa. El Señor restauró a Pedro y la lección para nosotros es clara. El fracaso forma parte de la vida cristiana y nos capacita para ayudar a otros cuando tropiezan en el camino de la fe.
Los judíos nunca valoraron a Jonás (ver Jn.7:52), pero no importa. Jesús le tuvo en alta estima, y a más no se puede aspirar. Simón Pedro, un verdadero hijo espiritual de Jonás, tras su restauración cumplió con su ministerio y ocupa un lugar de honor en la historia de la Salvación.