por S. Stuart Park
Cristo murió en soledad, abandonado por los hombres, desamparado incluso por su Padre, y en su angustia clamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Al hacerlo citaba un Salmo de David (22:1) y su mente volvió al testimonio de la Escritura que había sostenido su ministerio y era la fuente de la que manaba su palabra en el mundo. Pero no terminó ahí la vida de Jesús, y al tercer día Dios levantó a su Hijo, soltando los lazos de la muerte.
Cuando Pedro y Juan se asomaron al sepulcro vacío en la mañana de la Resurrección, quedaron perplejos y asombrados «Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos» (Jn. 20:9). No eran los únicos. Los discípulos de Emaús volvieron tristes de Jerusalén por el mismo motivo hasta que Jesús les abrió los ojos para entender las Escrituras (Lc. 24), y Pablo definió su propio mensaje así:
«Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado… Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce» (1 Co. 15:1, 3-5).
¿A qué Escrituras se refería Pablo? Pues a todas ellas, como explicó el Señor a los dos discípulos, tristes por la destrucción de sus esperanzas, camino de Emaús:
«Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lc. 24:25-27).
Más tarde el Resucitado se presentó ante los discípulos reunidos:
«Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén» (Lc. 24:44-47).
No se trata, por tanto, de «cuestiones de palabras» solamente, sino de una revelación divina, la Palabra de Dios, que no nos llega de manera directa sino por medio de hombres y mujeres que «hablaron siendo inspirados (
φερόμενοι = llevados) por el Espíritu Santo» (2 P. 1:21).
Las Sagradas Escrituras «pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús» (2 Tim. 3:15), y en la próxima, y última sección nos proponemos considerar el origen de las palabras y su relación con el discurso racional y la fe.