EN EL PRINCIPIO ERA EL VERBO Cuestiones de Palabras. En el principio era el Verbo (40).
por S. Stuart Park Valladolid, 27 de Febrero de 2026
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Jacques Derrida |
En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella» (Jn. 1:1-5).
En su hermoso Prólogo al cuarto Evangelio San Juan sitúa la creación del Universo, el origen de la vida y el desarrollo de la inteligencia humana en el Logos divino que se encarnó en Jesús y mostró el carácter de Dios: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (Jn.1:14).
La voz griega Logos, traducida como «Verbo» en nuestra RV60, o como «Palabra» en otras versiones (en la Vulgata se traduce como Verbum, y en ocasiones como Sermo) aparece en conceptos como «lógica» o «logística» que señalan el origen del discurso racional o las matemáticas, por ejemplo.
Comenzamos esta serie de artículos a partir de la idea de George Steiner de que hay algo en lo que decimos, una presencia real, y las palabras de Juan le darían la razón. Según el autor de Hebreos el Hijo de Dios «sustenta todas las cosas con la palabra de su poder» (He. 1:3) por lo que podemos tener confianza en la estabilidad de nuestro mundo en medio de un cosmos en expansión, reconocer estructura y finalidad en nuestras propias vidas a pesar del caos aparente que rodea, a veces, nuestro quehacer diario, y confiar en el uso de la razón.
El «mito» del llamado «logocentrismo» fue atacado con contundencia por el filósofo francés de origen argelino Jacques Derrida (1930-2004) para quien no hay nada en las palabras, solo aplazamientos, trazas, huellas de huellas, remisiones sin significado último. Si el Logos fuera una ficción, Derrida tendría razón, y hay que agradecer la radicalidad de su propuesta. Pero antes de abordar una cuestión ciertamente trascendental, debo hacer una aclaración, innecesaria sin duda, por ser demasiado evidente.
En estos breves artículos no pretendo hacer alarde alguno de una muy limitada erudición —prácticamente inexistente en el área de la filosofía— y tan solo cito los nombres de quienes en un momento dado han iluminado mi horizonte o apelado poderosamente a mi imaginación. Tal es el caso de Jacques Derrida, cuyo titánico esfuerzo por «deconstruir» la escritura para descubrir una radical ausencia «detrás de» todo intento de conceptualización me resultó sumamente interesante.
Los textos de Derrida son extraordinariamente difíciles, y algunos pasajes citados a continuación resultarán especialmente arduos, incluso no estoy seguro de haberlos entendido del todo. Pero como testimonio a un ingenioso pensador que se propone analizar el fenómeno del lenguaje humano en un mundo sin Dios (o donde la palabra «Dios» no es más que una metáfora caduca), su programa estratégico resulta enormemente iluminador.
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