por S. Stuart Park
En el artículo anterior notamos el hecho aparentemente contradictorio de que Jesús volvió de Judea a su Galilea natal precisamente porque «el profeta no tiene honra en su tierra». Galilea es mencionada no menos de cinco veces en el breve relato de la sanidad del hijo de un oficial del rey en Capernaúm, y al final de la narración de esta «segunda señal» Juan vuelve a recalcar que se produjo «cuando fue de Judea a Galilea». El dato es altamente significativo, por tanto, al igual que otros detalles llamativos como se verá a continuación:
«Dos días después, salió de allí y fue a Galilea. Porque Jesús mismo dio testimonio de que el profeta no tiene honra en su propia tierra. Cuando vino a Galilea, los galileos le recibieron, habiendo visto todas las cosas que había hecho en Jerusalén, en la fiesta; porque también ellos habían ido a la fiesta. Vino, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había en Capernaúm un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo. Este, cuando oyó que Jesús había llegado de Judea a Galilea, vino a él y le rogó que descendiese y sanase a su hijo, que estaba a punto de morir. Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y prodigios, no creeréis. El oficial del rey le dijo: Señor, desciende antes que mi hijo muera. Jesús le dijo: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue. Cuando ya él descendía, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron nuevas, diciendo: Tu hijo vive. Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a estar mejor. Y le dijeron: Ayer a las siete le dejó la fiebre. El padre entonces entendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho: Tu hijo vive; y creyó él con toda su casa. Esta segunda señal hizo Jesús, cuando fue de Judea a Galilea» (Jn. 4:43-54).
Llama la atención otra aparente contradicción: «los galileos le recibieron», pero no porque creían en él sino porque «habían visto las cosas que había hecho en Jerusalén, en la fiesta; porque también ellos habían ido a la fiesta». Eran personas muy religiosas que cumplían con sus obligaciones rituales y, además, les gustaba el espectáculo; pero no tenían ni pizca de interés por conocer a Cristo: por ello el autor nos recuerda que Jesús había hecho la primera señal en Caná de Galilea sin que hubiese trascendido fuera del entorno de las bodas. Jesús señaló el problema de ellos con toda claridad: «Si no viereis señales y prodigios, no creeréis».
La historia es maravillosa en su sencillez. El oficial del rey creyó la palabra de Jesús y marchó a su casa en espera de encontrar sanado a su hijo; y así fue. Cuando los siervos salieron a su encuentro con la gran noticia preguntó a qué hora le había dejado la fiebre, y entendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive; y creyó él con toda su casa». Es de notar que la comprobación por parte del padre de la hora exacta de la recuperación de su hijo no se debió a una
falta de fe, sino a su plena confirmación.
Es de destacar, por último, que Jesús no acompañó al padre en su viaje de regreso para recibir los parabienes de aquella casa. La deferencia de Cristo hacia el padre del hijo próximo a morir obedeció a una finalidad concreta: cimentar su fe en la sola Palabra de Cristo, fuente última de la fe, entonces y siempre.