por S. Stuart Park
El asunto de la primacía de lo milagroso sobre la palabra no era privativo de los conciudadanos de Jesús en su Galilea natal: se ha manifestado a lo largo de la Historia y ya hemos citado la tensión entre el «espíritu evangélico» de Juan de Yepes, y la religiosidad de su entorno, con su énfasis en lo milagroso, en el estudio del historiador Teófanes Egido:
«En aquel ambiente de ansiedad milagrera… San Juan de la Cruz fue una excepción llamativa y disonante. Su espiritualidad erasmista y depurada es tan racional como irreconciliable con cualquier asomo de superstición, de vulgaridad chocante con la dignidad de lo religioso. En su sistema espiritual el milagro no solo sobra: da la sensación de que estorba como si se tratara de añagazas tendidas al encuentro con Dios en la desnudez de fe».
Nadie ha expresado mejor el fenómeno del apego a lo milagroso frente a la palabra de fe, y me he permitido volver a citar a don Teófanes, fallecido en 2024 a los 88 años, como humilde homenaje a un verdadero sabio y amigo entrañable, y recuerdo nuestras conversaciones en el sencillo recibidor del monasterio de San Benito en Valladolid con nostalgia y gratitud.
El asunto continúa y ha adquirido pleno auge en tiempos recientes en los movimientos carismático y pentecostal con su énfasis en señales y milagros entre otros fenómenos llamativos. Al comienzo de los años 60 del siglo pasado surgió un nuevo movimiento que tendría un enorme impacto no solo entre las iglesias protestantes históricas, sino también en la iglesia católica: el movimiento carismático, o neo-pentecostal. Su origen se atribuye a la figura del ministro episcopal norteamericano Dennis Bennett, que en 1960 anunció a su congregación en Van Nuys, California, que había experimentado el bautismo en el Espíritu Santo y que, en consecuencia, había recibido el don de lenguas. Su declaración provocó una fuerte controversia entre los miembros de la iglesia, que trascendió a los medios de comunicación y en poco tiempo se hizo notoria en todo el país.
El nuevo movimiento difería del pentecostalismo clásico de la iglesia de mis padres por su aparición en el seno de iglesias tradicionales como la luterana y la episcopal, a las que aspiraba a «renovar». La renovación carismática no tardó en aparecer en universidades católicas norteamericanas como Duquesne y Notre Dame, evidencia de su vocación ecuménica. Dennis Bennett visitó Cambridge en 1968, y un compañero me invitó a oírle en una reunión celebrada en un anexo de la capilla del Corpus Christi College. El Sr. Bennett relató su experiencia en un ambiente misterioso, ya que la sala estaba iluminada por velas y revestía un aspecto un tanto místico. Su mensaje no era nuevo para mí, aunque sí su énfasis ecuménico y su sofisticación.
Con todo, nunca me he sentido tentado a apartarme de la que es para mí, como para Juan de Yepes, el lugar central de Cristo en la teología y en la vida.