por S. Stuart Park
Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe este letras, sin haber estudiado? Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (Jn. 7:15-17).
Este asombroso intercambio entre Jesús y los judíos desvela muchas de las claves del ser y estar de Cristo en el mundo. El galileo no había estudiado en las escuelas rabínicas como muchos de sus interlocutores, ni poseía un doctorado en Teología como Nicodemo o Gamaliel: ¿Cómo, entonces, sabía «este» letras (
grammata)? Si el origen de la enseñanza de Jesús asombró a sus interlocutores, más nos asombra su respuesta: «Mi doctrina (
didachē) no es mía». Jesús no hablaba por su propia cuenta; su doctrina era de Dios. Dos aspectos de esta afirmación llaman poderosamente la atención.
En primer lugar, Jesús se atribuye a sí mismo la portavocía de Dios. Era, como había declarado Juan, el
Logos divino hecho carne, y la claridad y contundencia de sus palabras supusieron un desafío inapelable para sus interlocutores. Si así era, ¿cómo no lo reconocieron sus detractores? De nuevo, Jesús habló sin ambages: «El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta». La culpa estaba en ellos, no en el profeta de Nazaret.
En segundo lugar, llama la atención la humildad absoluta de Jesús al atribuir la sabiduría de sus palabras a Otro, y de nuevo, el asunto da que pensar. Cualquier mérito humano se debe a una combinación de capacidad innata y dedicación. El propio Johan Sebastian Bach, que representa para muchos la cima de la composición musical, no surgió de la nada: desde muy joven había estudiado las obras de sus contemporáneos musicales del Barroco y de generaciones anteriores, y atribuyó la calidad de sus obras a duro trabajo y múltiples revisiones. La razón no es difícil de entender: su talento era un don de Dios, pero la ejecución y perfeccionamiento de su don era fruto de disciplina y esfuerzo.
Resulta evidente que la «doctrina» de Cristo no fue dictada desde el cielo sino que formó parte de su capacidad humana de interiorizar y comunicar el mensaje que le había encomendado su Padre. Empleó giros retóricos y metáforas llamativas, atento siempre a la cultura de la sociedad que le rodeaba —recordamos su empleo de las parábolas—, y fue un inteligente estratega como se ve en el contexto que precede a las palabras que acabamos de considerar:
«Estaba cerca la fiesta de los judíos, la de los tabernáculos; y le dijeron sus hermanos: Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo. Porque ni aun sus hermanos creían en él. Y había gran murmullo acerca de él entre la multitud, pues unos decían: Es bueno; pero otros decían: No, sino que engaña al pueblo» (Jn. 7:1-12).
Jesús les dijo que no era el momento de ir y envió a sus discípulos por delante, y luego subió a la fiesta
en secreto. ¿Por qué? Lo veremos a continuación.