por S. Stuart Park
Hablábamos en un artículo anterior de la humildad de Cristo al responder a quienes se maravillaban de su enseñanza, diciendo: «Mi doctrina no es mía», el mismo talante que hizo que no buscara publicidad en la fiesta. Lo cierto es que cualquier capacidad humana, más que un mérito del que hacer alarde es un don que habría que agradecer. Santiago escribió que «toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces» (Stg. 1:10), dando a entender que hasta nuestras propias «luces» no son, en último término, nuestras.
A veces me pregunto cómo se sentirían los autores de las historias de José, o del Cantar de Cantares, o del Evangelio de San Juan al poner punto final a aquellas obras cumbre de la literatura universal: satisfechos, sin duda, y profundamente agradecidos por el privilegio de haber servido a la causa de Cristo, en el espíritu de Juan el Bautista, el «amigo del Esposo», que declaró: «Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe» (Jn. 3:30).
La extraordinaria pericia de los narradores y poetas bíblicos está fuera de toda duda. El premio Cervantes José Jiménez Lozano nos ha recordado que los hebreos inventaron el arte de contar historias, y ha evocado «la tensión existencial de las historias bíblicas y su soberbio lenguaje, el encanto o la grandeza a veces trágica de sus personajes». León Tolstoi llamó el ciclo de José en Génesis «la historia más bella del mundo», Goethe calificó el libro de Rut como «el relato corto más hermoso», y el clasicista Peter Levi consideraba el Apocalipsis de San Juan como «una de las obras más grandes e impresionantes de la prosa griega».
Al hablar de la «inspiración de las Escrituras» no debemos subestimar, por tanto, el arte literario de sus autores humanos. El propio Pedro escribió que la Escritura vino por medio de hombres y mujeres que «hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 P. 1:21), pero la dedicación de ellos hizo posible el texto sagrado. Nadie como Pablo, artífice de la Carta Magna de la fe cristiana que es la Epístola a los Romanos, y de otras muchas Cartas, además de fundador de iglesias por toda Europa, tuvo claro su propio lugar en la grandiosa Obra del Señor:
«Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí. Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo. Porque o sea yo o sean ellos, así predicamos, y así habéis creído» (1 Co. 15:3-11).
Pablo trabajó más que nadie, pero debió todo lo que era a la sublime gracia del Señor, un ejemplo de reconocimiento y gratitud que aprendió del propio Salvador.