por S. Stuart Park
La humildad de Cristo fue fruto de su fidelidad en el cumplimiento de la misión que le había encomendado su Padre. En la oración que elevó en el aposento alto a favor de los suyos poco antes de ir a la Cruz pronunció estas solemnes palabras:
«Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese. He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste» (Jn. 17: 4-8).
«Tu palabra es verdad» declaró Jesús (Jn. 17:17) y sus palabras abren un mundo. Se refería, claro está, a las Escrituras que habían sido norte y guía de su propia misión en la tierra, y nos recuerdan que Cristo no vino a traer una luz distinta sino a culminar la que venía desde siempre, como Juan dijo también en su Prólogo en referencia a otro Juan, el Bautista primo del Señor Jesús:
«Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo»(Jn. 1:7-9).
Aquella luz que venía al mundo desde el principio
alumbra a todo hombre: es la luz de la conciencia y de la razón, de las intuiciones de inmortalidad y de la búsqueda de la verdad, las
luces, en suma que Dios nos ha dado para disfrutar de música y color, gastronomía y actividad física, la que nos hace humanos para que busquemos a Dios.
Es de notar que el Bautista, la voz que clamaba en el desierto, no hizo sino proclamar un mensaje antiguo, el del profeta Isaías, cuando dijo: «Enderezad el camino del Señor» (Jn. 1:23; Is. 40:3).
Nadie lo ha expresado mejor que el anónimo autor de Hebreos en su encomio del Hijo de Dios: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos» (He. 1:1-4).
Dios nos ha hablado por el Hijo —
en hijo en el griego original— el
Logos eterno encarnado que nos ha hablado palabras de gracia y verdad.