por S. Stuart Park
La luz que irradia el
Logos divino para iluminar a todo ser humano nos ha sido transmitida en un libro único en el mundo. George Steiner, a quien regresamos en las postrimerías de estas
Cuestiones de palabras, ha plasmado su propia valoración de la Escritura en un delicioso ensayo titulado
Prefacio a la Biblia hebrea, un texto difícil de superar por su elocuencia y erudición:
«Lo que tienen ustedes en la mano no es un libro. Es el libro. Esto es, desde luego, lo que significa “Biblia”. Es el libro que define, y no sólo en el ámbito occidental, la noción misma de texto. Todos nuestros demás libros, por diferentes que sean en materia o método, guardan relación, aunque sea indirectamente, con este libro de libros. Guardan relación con los hechos de un discurso articulado, de un texto dirigido al lector, con la confianza en unos medios léxicos, gramaticales y semánticos, que la Biblia origina y despliega en un nivel y con una prodigalidad no superados desde entonces. Todos los demás libros, ya sean historias, narraciones imaginarias, códigos legales, tratados morales, poemas líricos, diálogos dramáticos, meditaciones teológico-filosóficas, son como chispas, muchas veces desde luego lejanas, que un soplo incesante levanta de un fuego central».
Continúa Steiner:
«En Occidente, pero también en otras partes del planeta donde el “Buen Libro” ha sido introducido, la Biblia determina, en buena medida, nuestra identidad histórica y social. Proporciona a la conciencia los instrumentos, a menudo implícitos, para la remembranza y la cita. Hasta la época moderna, estos instrumentos estaban tan profundamente grabados en nuestra mentalidad, incluso —tal vez especialmente— entre gentes no alfabetizadas o prealfabetizadas, que la referencia bíblica hacía las veces de autorreferencia, de pasaporte en el viaje hacia el ser interior de la persona. Las Escrituras eran (para muchos lo son todavía) una presencia en acción, tanto universal como singular, compartida por todos y de la mayor intimidad. No hay otro libro como éste; todos los demás están habitados por el murmullo de ese manantial lejano (hoy en día, los astrofísicos hablan del «ruido de fondo» de la creación)».
Resulta irónico que intelectuales agnósticos como Steiner, entre otros muchos, valoran altamente la Biblia cuando la sociedad en general desconoce el texto sagrado cuando no lo trivializa o desprecia. Las razones son múltiples, sin duda, entre ellas, como sugirió Stefan Zweig, el abandono de la fe en Dios que conduce a un rechazo de la Biblia como libro «religioso», o la noción de que hay que dejar la lectura de la Biblia a los profesionales junto con la igualmente extendida idea de que la lectura individual puede conducir al error, o el hartazgo con la religiosidad falsa, o el desapego al concepto de verdad.
Tal vez se debe tan solo a la superficialidad de los tiempos que corren, con el materialismo triunfante y la búsqueda de entretenimiento y placer.