por S. Stuart Park
Quiero agradeceros en primer lugar a vosotros mis fieles lectores por la dedicación con la que seguís estos escritos, amén de los mensajes de ánimo que de vez en cuando llegan. La primera de mis lectores es mi esposa
Verna que escucha mis ocurrencias con paciencia y comprensión, sin olvidarme de
Manolo Martínez Muñoz, ahora en Asturias, y de
Charo Pablos, en Valladolid, quienes se ocupan de la página web y procuran que el texto llegue semanalmente en condiciones. A ellos debo una palabra de gratitud especial.
Y ¿qué decir de mi nuera
Anna Kuś cuyo arte embellece las páginas del libro? Me consta que muchas personas muestran mayor entusiasmo por sus magníficas ilustraciones que por el texto en sí, y me parece justo y digno de celebración.
He de agradecer también, cómo no, a nuestro amigo el procónsul Galión, cuya impaciencia con las disputas religiosas de los judíos dio el título de esta serie de reflexiones. A lo largo de estas semanas confieso que no siempre tengo claro por dónde van a discurrir los artículos siguientes y a veces coincidencias sin aparente conexión permiten avanzar con un súbito pensamiento como los sobresaltados patos salvajes de John Clare.
No resulta fácil cerrar esta serie de reflexiones sobre las cuestiones de palabras que nos han ocupado, puesto que lo grandioso de la temática me infunde una sensación de inadecuación e incapacidad de hacer justicia a la que constituye sin duda la base y esencia de nuestra fe. «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» —escribió Pablo—, y sin los autores, amanuenses y traductores del texto sagrado no tendríamos Biblia, y sus páginas aparecerían ante nosotros como mudas o sin garantía de veracidad.
Gratitudes, también, por quienes sin saberlo han marcado mi manera de pensar, y a lo largo de estas páginas he citado los nombres de algunos de ellos. Como se suele decir, y con razón, cualquier mérito de sus dichos o escritos es suyo, y todo error o infelicidad expresiva son estrictamente míos.
Y ¿cómo no recordar aquí a mis padres que sembraron en mis hermanos y en mí la semilla de la fe, y me permitieron viajar y establecerme lejos del hogar paterno con libertad absoluta, siempre?
Por último, aunque suene meramente protocolario o artificial, debo expresar mi profunda gratitud por el placer que supone para mí poder escribir en la lengua de Cervantes, que ya es mía después de más de medio siglo en España, y con la que intento plasmar de la mejor manera posible el testimonio del Libro de libros, que es la Biblia.
No puedo terminar sin registrar una obviedad, la que he procurado reflejar en las páginas precedentes: que cualquier mérito pertenece a Cristo en el espíritu de Pablo cuando escribió, en honor a Cristo: «él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten… para que en todo tenga la preeminencia» (Col. 1:17-18).
STUART PARK.