por S. Stuart Park
Introducción
Hemos dedicado nuestra nueva serie de artículos al llamado «coro del amanecer» en honor a los pájaros que con sus trinos y gorjeos saludan la primera luz de la mañana, un fenómeno que no se entiende del todo, al igual que el impulso de crear poesía y belleza en el ámbito humano. Hay voces melodiosas como las del mirlo o la oropéndola, el ruiseñor o la curruca capirotada, y hay otras más modestas y monótonas como el familiar chip-chip del gorrión, incluso guturales y poco atractivas como el graznido de los cuervos o el quiquiriquí y el cloqueo de gallos y gallinas en el corral.
Hay también poesías muy hermosas y otras más solemnes, un reflejo de la vida misma, y en las páginas que siguen procuraremos reflejar no solo las alegrías sino también las tristezas de la vida del ser humano en el mundo, atentos a la fuente de belleza que es la Palabra de Dios, como señaló el poeta León Felipe al acudir al «hogar» que era para él la Biblia:
«El poeta al volver a la Biblia, no hace más que regresar a su antigua palabra, porque ¿qué es la Biblia más que una Gran Antología Poética hecha por el Viento y donde todo poeta legítimo se encuentra? Comentar aquí, para este poeta, no es más que recordar, refrescar, ablandar, vivificar, poner de pie otra vez el verso suyo antiguo que momificaron los escribas. Cristo vino a defender los derechos de la Poesia contra la intrusión de los escribas, en este pleito terrible que dura todavía, como el de los Sofistas contra la Verdad».
El poeta y amigo Alfredo Pérez Alencart ha llamado la atención sobre este aspecto de la Biblia, no sin cierta sorpresa, ya que «los cristianos parecieran tener temor a pronunciar la palabra ‘Poesía’. Es inexplicable, pues desde Génesis a Apocalipsis la Biblia traslada, en lenguaje poético, buena parte de la voluntad de Dios y los avatares y conquistas que pasaron sus hijos.(…) El poético es el lenguaje fundamental, el que viene desde el principio de los tiempos, aquel donde podemos oír la voz más profunda».
Coincide con el destacado poeta peruano-salmantino el teólogo Walter Brueggemann: «Solo tenemos la Palabra, pero la Palabra nos basta. Nos basta porque el poema estremece el imperio, sana, transforma y rescata; entra como un ladrón en la noche y da nueva vida, fresca, que se encuentra en la Palabra y en ningún otro lugar».
En las páginas que siguen hemos querido rendir homenaje a los poetas que han embellecido nuestra vida, no desde la erudición sino a partir de la sencilla experiencia personal al recordar versos que han elevado nuestra mirada y ensanchado nuestro horizonte vital. Nos hemos referido en la primera parte a poetas hispanos y anglosajones principalmente, por motivos evidentes, y en la segunda parte nos hemos adentrado en el caudal infinito de la poesía bíblica, hontanar profundo del que han bebido los grandes poetas que nos han hecho bien.
Para traer poesía de lengua inglesa nos hemos visto obligados mayormente a realizar nuestra propia traducción al castellano, con limitaciones que espero no dañen irremediablemente la calidad del original.Espero que los poemas seleccionados y comentados, de los que en algunos casos solo hemos podido citar algún breve fragmento por motivos de espacio, sean de vuestro interés y agrado en esta nueva ocasión.
George Herbert
Comienzo con uno de los poetas de lengua inglesa más entrañables, tanto por la delicadeza de su lenguaje como por el ingenio de su visión espiritual. Unos sencillos versos de ‘El elixir’ me cautivaron en su día y han quedado conmigo hasta hoy, por lo que les concedo un lugar de honor en esta nueva serie, deseoso de que mi torpe traducción no oscurezca la transparencia cristalina del original:
Quien mira un cristal
en él puede quedar;
o si lo desea traspasar,
el cielo vislumbrar.
La idea es clara: podemos quedarnos en la superficie de las cosas, o ver más allá, para descubrir una realidad espiritual. Me llamó la atención la frase
si lo desea, poniendo el énfasis en el aspecto volitivo de la visión, la responsabilidad que se nos ofrece de ir más allá de lo tangible, que a fin de cuentas es la misión de la poesía en general. Es, también, como no podía ser menos, la finalidad de la Biblia en su presentación de un reino invisible a nuestros ojos, mas perceptible por la fe. La primera estrofa del poema marca los parámetros de su aspiración:
Enséñame, mi Dios y Rey,
en todo a verte a ti,
y haga lo que haga,
sea siempre para ti.
George Herbert (1593-1633) nació en Gales el 3 de abril de 1593 en el seno de una familia acaudalada, influyente en la política local y nacional. Estudió en el Trinity College de Cambridge y vivió rodeado de los mayores intelectuales de su época. Fue amigo de Francis Bacon y del obispo Lancelot Andrewes, principal traductor de la King James Bible (1621). Cuando todo presagiaba una fulgurante carrera política —tal vez llegando a ocupar el cargo de Secretario de Estado—, su vida cambió radicalmente de rumbo. A los 36 años, se retiró para ejercer de pastor en la pequeña parroquia de Bremerton cerca de Salisbury, alejado del gran mundo y rodeado de aldeanos iletrados, donde escribió sus obras más importantes.
La poesía de Herbert se caracteriza por su brevedad y concisión. Suele partir de un elemento concreto de la vida cotidiana para dirigir la mirada hacia Cristo. El marco es profundamente bíblico, y su teología, cristocéntrica. Por todo ello, mi primer recuerdo es de George Herbert y su hermoso ‘Elixir’.
Con los valores del pastor anglicano comulgaría, sin lugar a duda, nuestro próximo poeta, fray Luis de León.