por S. Stuart Park
John Milton (1608-1674) es considerado por muchos el poeta más importante de las letras inglesas después de Shakespeare, y si bien T.S. Eliot opinó que «Dante y Shakespeare se dividen el mundo entre ellos. No hay un tercero», Milton no les andaría muy a la zaga en nuestra opinión. Asombra pensar que escribió su monumental
Paraíso perdido después de perder la visión, y las escenas portentosas tanto de la caída de Satanás y sus huestes como del bucólico Edén las imaginó encerrado en la oscuridad de su ceguera.
El
Paraíso perdido, escrito en el llamado pentámetro yámbico característico también de la poesía de Shakespeare, pone la poderosa sonoridad de sus versos al servicio de una argumentación teológica intensa y fascinante, una obra única que volví a leer después de muchos años con mayor fruición que cuando la leí de joven, gracias al paso de los años. En 1673 Milton escribió un soneto inolvidable, ‘Sobre su ceguera’, cuya última línea se hizo célebre y es citada con frecuencia:
Cuando pienso cómo mi luz se agota
Tan pronto en este oscuro y ancho mundo
Y ese talento que es la muerte esconder
Alojado en mí, inútil; aunque mi alma se ha inclinado
Para servir así a mi Creador, y presentarle
Mi veraz cuenta y ganar su aprecio
¿Qué trabajo él mandaría ya que me negó la luz?
Pregunto afectuosamente. Pero la paciencia, para prevenir
Ese murmullo, pronto responde: "Dios no necesita
Ni la obra del hombre ni sus dones: quienes mejor
Soporten su leve yugo mejor le sirven”. Su mandato
Es noble; miles se apresuran a su llamada
Y recorren tierra y mar sin descanso.
Pero también le sirven aquellos que solo están de pie y esperan.
Llama la atención la piadosa resignación de Milton al aceptar el «leve yugo» de Cristo que le ha permitido descubrir, como en su día fray Luis, que los contratiempos o limitaciones de la vida pueden ser pórtico de una nueva visión. A los 30 años Milton había visitado a Galileo Galilei, de 77 años, declarado culpable de herejía por la Inquisición en 1633 por escribir que la Tierra gira alrededor del Sol.
Cuando Milton le conoció, Galileo estaba ciego y bajo arresto domiciliario, un recuerdo que sin duda guardaría en su retina durante su propia ceguera al darse cuenta de que, si bien ya no podría recorrer tierra y mar como antaño, «también le sirven aquellos que solo están de pie y esperan».