por S. Stuart Park
Hay celdas de distinta índole o función, y a las de los supuestos malhechores como san Pablo o fray Luis, hay que añadir las voluntarias como la de Teresa Cepeda en los conventos que fundó y que le proporcionaron un espacio de seguridad donde escribió sus grandes obras. «Palomica» se describió a sí misma aquella mujer «flaca y ruin» cuyo principal pecado había sido nacer mujer. Pero a la inocencia de la paloma habría que añadir la astucia de la serpiente que recomendó Jesús al enviar a los suyos entre lobos, y Teresa hubo de emplear todo su ingenio para mantener a raya a los letrados y «semiletrados» que acechaban.
En su
Guía espiritual de Castilla, José Jiménez Lozano, gran conocedor de la vida y obra de Teresa, vincula su estrategia a un significativo hecho familiar: «Cuando ella nace, en 1515, —aunque luego, también, durante toda su vida— su familia está dedicada muy principalmente a la empresa de hacer olvidar su pasado de judeoconversos». Un dato relevante ya que en su mundo religioso no menos que en el entorno social de la familia Cepeda habría que perfeccionar las artes del disimulo y la ocultación, como se ve a las claras en su escritura. Continúa Jiménez Lozano, abulense como su paisana:
«Porque tampoco podía hablar siquiera, puesto que era mujer en un mundo de hombres y en una Iglesia de hombres. (…) Y claro está que ella no hubiera recorrido España ni luchado con caseros y mayordomos, grandes señores y gentes de Iglesia, ni soportado calor y frío, lluvia o hielos, a pie o en carro, si se hubiera comportado como mujer “con la pata quebrada y en casa” según las ideas sacrosantas de la época, y no se hubiera decidido a convertirse en “fémina inquieta y andariega” de la que mucho se murmuraba».
Maravillan los memorables versos en los que testifica de su confianza y fe en medio de los peligros que se cernían, y sus duros trabajos y crisis de salud:
Eleva el pensamiento, al cielo sube,
Por nada te acongojes, nada te turbe.
A Jesucristo sigue, ven, no desmayes;
Y venga lo que venga, nada te espante.
¿Ves la gloria del mundo? Es sombra vana,
Nada tiene de estable, todo se pasa.
Aspira a lo celeste que siempre dura;
Fiel y rico en promesas, Dios nunca muda.
Cuando le informaron sus monjas de que la Inquisición la vigilaba de cerca, soltó una sonora carcajada ya que ¿qué podía temer ella que no había dicho nunca nada punible? Aunque la procesión iría por dentro, no me cabe la menor duda.