por S. Stuart Park
Ardua tarea sería imaginarnos una vida más alejada de la de santa Teresa que la turbulenta carrera de Lope de Vega (1562–1635), Fénix de los ingenios y Monstruo de la Naturaleza al decir de Miguel de Cervantes, autor de tres mil sonetos, cinco novelas, cuatro novelas cortas, nueve epopeyas, tres poemas didácticos y varios centenares de comedias. Enemistado con Luis de Góngora y en larga rivalidad con Cervantes, su vida fue tan extrema como su obra y dejó incontables hijos legítimos e ilegitimados a lo largo de su azarosa vida sentimental.
Desterrado de la Corte y encarcelado por los libelos que publicó, acusado de amancebamiento y envuelto en tórridas relaciones con mujeres jóvenes y casadas, se ordenó sacerdote, aunque este hecho no modificó del todo su conducta, como él mismo confesó: «Yo he nacido en dos extremos, que son amar y aborrecer; no he tenido medio jamás... Yo estoy perdido …y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar esto, ni vivir sin gozarlo...».
Mientras esperaba su ordenación se hospedó en casa de una de sus examantes, seguía ejerciendo de alcahuete en la correspondencia amorosa de su protector, y aun así —ironías del destino— fue nombrado vocal del tribunal que llevaba el proceso de beatificación de Teresa de Jesús. En la parte final de su azarosa vida escribió ‘Sonetos sacros’ uno de los cuales (el XVIII, de 1614) merece inclusión en nuestra serie, por la belleza de su lenguaje y la honestidad de su confesión:
¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno escuras?
¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el Ángel me decía:
«Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!
¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!
Le habría entendido san Agustín que pedía al Señor ser liberado de sus propios pecados, pero «no todavía», decía, y ¿quiénes somos nosotros para juzgar?