por S. Stuart Park
Una nueva casualidad: el año pasado embarcamos en el MS William Wordsworth para disfrutar de una invitación familiar en un crucero de siete días por el Danubio, donde descubrimos que todos los barcos pertenecientes a la empresa turística organizadora lucían nombres de poetas: Emily Brontë, Óscar Wilde, George Eliot, Lord Byron, Geoffrey Chaucer, Thomas Hardy y el propio William Wordsworth (1770-1850), uno de los poetas ingleses más queridos.
Su poema ‘The Daffodils’ (Los narcisos) era aprendido de memoria por todos los colegiales (por lo menos en mi día) y sobre el ‘Poeta de Los Lagos’ he escrito en
Reyes y reyezuelos, por lo que no volveré a aquella visión de los narcisos en la orilla del lago que había cautivado a su hermana Dorothy (cuyos apuntes William aprovechó sin reconocer la fuente de su inspiración), sino que acudiré a un fragmento de sus ‘Intuiciones de inmortalidad’ que refleja su amor por el mundo natural:
Gracias al corazón humano por el que vivimos,
Gracias a su ternura, sus alegrías y temores,
A mí la flor más humilde que agita la brisa puede dar
Pensamientos que a menudo yacen demasiado profundos para las lágrimas.
¿A qué corresponde la honda emoción que ni siquiera las lágrimas pueden sondear? Para Wordsworth se trata de una intuición de inmortalidad, un sentimiento parecido a la nostalgia que nos invade en un atardecer de verano o al escuchar el canto del ruiseñor en primavera.
Para C.S. Lewis aquel anhelo de inmortalidad es una prueba fehaciente de la realidad de lo eterno y que el deseo innato del ser humano por algo que trascienda el mundo físico sugiere un objeto correspondiente a aquel deseo, que él identificó con Dios. En una reciente publicación titulada
The God Desire, David Baddiel llega a la conclusión contraria, y propone que el deseo intenso de la existencia de Dios no es más que una fantasía, no el reflejo de una realidad.
En su libro
Presencias Reales, George Steiner defiende apasionadamente que el arte y la comunicación humana se basan en una realidad trascendente, y plantea el ejemplo de un cuarteto de cuerdas, que no «significa» nada en sí, pero que evoca un anhelo de trascendencia, el mismo que invadió el alma de Wordsworth en sus paseos por Los Lagos. Mi propia madre contenía las lágrimas al ver su amado Grasmere durante nuestras vacaciones en la zona que Wordsworth y los ‘Poetas de Los Lagos’ popularizaron a través de sus versos.
Mientras tanto, la obra de Dorothy Wordsworth solo fue conocida póstumamente, otro ejemplo de una escritora no reconocida en vida por el mero hecho de ser mujer.