Nubes negras La fe del carbonero (20)
por S. Stuart Park Valladolid, 18 de Octubre de 2019
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William Cowper |
William Cowper (1731 - 1800) cambió la dirección de la poesía del siglo XVIII al escribir sobre la vida cotidiana y escenas de la campiña inglesa, y es considerado como uno de los precursores de la poesía romántica. Samuel Taylor Coleridge lo llamó «el mejor poeta moderno» y fue admirado por el gran poeta William Wordsworth.
Su asociación con John Newton (autor del himno ‘Amazing Grace’) adversario acérrimo de la esclavitud, hizo que escribiera en apoyo de la campaña abolicionista. Uno de sus poemas, ‘The Negro´s Complaint’ (‘La queja del negro’) se hizo famoso, y fue citado con frecuencia por Martin Luther King.
Cowper (pronunciado | Cúper |), de temperamento nervioso, osciló entre la depresión profunda y la fe. Su primera gran crisis se desató cuando un primo suyo le sugirió la posibilidad de ocupar un puesto administrativo en la Cámara de los Lores cuyo titular estaba enfermo. El titular murió, el puesto quedó vacante y le fue ofrecido a Cowper. Este hecho adquirió notoriedad y llegó a ser objeto de debate en la propia Cámara como caso de nepotismo.
Se determinó, en consecuencia, que Cowper tendría que someterse a una oposición. El efecto en William fue devastador. La publicidad negativa y sobre todo la idea de un examen público hicieron mella en su débil autoestima, y Cowper empezó a derrumbarse emocionalmente. Se marchó a Margate, una ciudad de veraneo al sur de la capital, en busca de reposo. Le invadió un profundo sentimiento de indignidad, se veía pecador, y se despertaron todos los demonios alojados en el fondo de su ser. Decidió suicidarse.
Faltaba una semana para el comienzo del examen público. Sentado en un salón de café en Fleet Street para tomar el desayuno, un artículo publicado en el periódico llamó su atención. Parecía haber sido escrito pensando en él. ¡Le instaba a tomar su propia vida! Decidió arrojarse al Támesis, pero la marea había bajado. Quiso clavarse un cortaplumas, pero el instrumento se rompió. Trató de colgarse de una viga en su habitación, pero la cuerda cedió. Cowper cayó de bruces y su sirviente lo encontró inconsciente en el suelo.
Avisado por aquel sirviente, su tío Ashley Cowper le fue a recoger. «Tú no puedes ocupar este cargo»― le dijo. Para Cowper eran palabras de salvación. Pero su alivio duraría poco. Tenía terror del juicio de Dios y sentía odio hacia sí mismo. Se veía a sí mismo peor que Judas, y maldito como la higuera que maldijo Jesús. Había cometido el pecado imperdonable. Estaba condenado para toda la eternidad.
Cowper fue internado en un sanatorio en St. Alban’s, donde volvió a intentar el suicidio. Su estado oscilaba entre la euforia y la serenidad. El director del asilo, el Dr. Nathaniel Cotton, era un creyente bondadoso que ayudó a Cowper a reencontrar la fe. Un día, leyendo en Romanos 3:25, Cowper sintió cómo su alma era invadida por una intensa luz. El texto hablaba de Cristo «a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados». Le inundó una sensación de euforia que durante unos días tuvo en vilo al propio Dr. Cotton. Pero la experiencia no fue una quimera. Era el momento de su conversión, aunque las negras nubes de la depresión y la demencia volverían más adelante con renovada fuerza.
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