por S. Stuart Park
Volvemos al mundo de los pájaros, que tanto nos deleita y nos hace pensar. Ahora, en el umbral de un Año Nuevo, he recordado con nostalgia la entrañable golondrina, anunciadora del estío, rememorada también por el poeta Gustavo Alonso Bécquer (1836-1870), y celebrada en un salmo de singular belleza por el rey David (Salmo 84).
La capacidad de
Hirunda rustica para recorrer miles de kilómetros desde sus cuarteles de invierno en África y volver año tras año al mismo lugar de origen cerca de nuestras granjas y al lado de nuestras casas, es un ejemplo asombroso de constancia y fidelidad. Para Bécquer la golondrina evocaba un anhelo profundo, el de un amor perdido para siempre, y el recuerdo de su presencia resultó lacerante en extremo. Justamente célebre es la primera estrofa de su oda
Volverán las oscuras golondrinas (Rimas LIII):
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres…
¡esas… no volverán!
Durante muchos años una pareja de golondrinas ha hecho su nido en el pequeño taller donde mi amigo Sirio Sobrino (ver
En el valle de la sombra) guardaba la leña para la chimenea, y el vino de su majuelo en la provincia de Segovia. Tras la muerte de Sirio, su viuda MariCarmen, con quien mantenemos una estrecha amistad, ha estado pendiente de ellas, y para su pesar, el verano anterior no habían vuelto a hacer el nido y sacar adelante sus crías… ¡hasta este verano pasado! Con qué satisfacción ha recuperado MariCarmen su papel de anfitriona, y con qué cariño miraba los ojos de la madre mientras incubaba sus huevos en el nido. Para ella, la presencia de la golondrina significaba continuidad, y recordaba un tiempo feliz.
Para el rey David la presencia de la golondrina evocaba la fidelidad de Dios y el anhelo de estar en su Templo:
Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová;
mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo.
Aun el gorrión halla casa,
y la golondrina para sí, donde ponga sus polluelos,
cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos,
Rey mío y Dios mío.
Bienaventurados los que viven en tu casa;
Perpetuamente te alabarán (vv. 1-4).
La golondrina, tras su largo viaje, encuentra descanso, y el humilde gorrión, su casa. Para el salmista, también, la presencia de Dios proporciona un hogar espiritual, ahora y en la eternidad.