Recuerdos de antaño Las Estaciones del Año (2)
por S. Stuart Park Valladolid, 10 de Junio de 2022
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Sardinas a la brasa |
Mi primer encuentro con los calores de España tuvo lugar en 1964 cuando pasé cinco semanas entre julio y agosto en Terrassa, procedente de una estancia de tres meses en el suroeste de Francia donde trabajé como monitor. Me alojé en un pequeño apartamento propiedad de la familia Vila, con la intención de mejorar mi castellano antes de ir a la universidad. (No sabía a la sazón que allí se hablaba catalán fuera de los foros oficiales).
Debido a problemas en la vía férrea entre Port Bou y Barcelona y sin plaza de asiento en el tren, viajé sentado sobre mi maleta en el pasillo durante las nueve horas que duró el trayecto de 170 kilómetros bajo un sol de justicia. En Barcelona me dirigí a la Plaza de Cataluña (ahora Plaça de Catalunya) para coger el tren de cercanías que me llevaría a Terrassa. Durante el viaje me quedé tan profundamente dormido que solo gracias a los repetidos zarandeos y a las voces insistentes del interventor pude bajar en la estación, aturdido y desorientado, desde donde busqué mi destino en la calle Moragas y Barret, 113.
Como buen chico que era, con mis dieciocho años a cuestas, me dirigí el domingo siguiente a una iglesia bautista para asistir al culto de la mañana, y como chico formal que también era, acostumbraba a llevar siempre corbata. Acudí a la reunión vestido de una gruesa chaqueta de tweed, suéter y, por supuesto, corbata. Los feligreses, que iban de verano, naturalmente, me miraban con extrañeza y lo único que recuerdo del culto son los innumerables abanicos que agitaban el aire, y los «¡Ay, Dió mío!» que musitaban, en voz no tan baja, las hermanas andaluzas mientras escuchaban el sermón.
El verano siguiente participé en mi primera «campaña» evangelística, en El Ferrol del Caudillo y en La Coruña, como eran conocidos entonces. El trabajo era rutinario y a veces poco gratificante, pero algunos momentos aún perduran en la memoria. En una ocasión llegamos, ya de noche, a un pequeño pueblo cerca de La Coruña (ahora A Coruña) cansados y con hambre. En la entrada de la aldea encontramos un establecimiento que anunciaba Sardinas a la Brasa, su especialidad. El restaurante estaba cerrado, pero el dueño se compadeció de nosotros y preparó las sardinas más ricas que he comido en mi vida. Oigo aún el chisporroteo de la grasa al caer sobre las brasas, y no olvidaré el sabor inigualable de aquel suculento manjar.
El verano siguiente me tocó pasar los meses de julio y agosto en Andalucía, en las provincias de Málaga y Sevilla. Eran tiempos de plena dictadura franquista en los que no muchos años atrás las iglesias evangélicas habían sufrido cierres de sus locales, y la distribución de «propaganda» de cualquier tipo estaba prohibida. En varias ocasiones fuimos conducidos al cuartel de la Guardia Civil, más por curiosidad de saber quiénes éramos que por celo político o religioso, creo yo, y de lo que sucedió allí hablaré en la próxima entrega.
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