por S. Stuart Park
Las intuiciones de inmortalidad abren un resquicio que nos permite vislumbrar una realidad velada, como propuso George Herbert en su ‘Elixir’, inmersos como estamos en lo material y tangible, conscientes de que «nuestras vidas son los ríos / que van a dar en el mar que es el morir», una realidad hecha gráficamente patente al ver cómo nuestro barco se deslizaba por el Danubio en su paso hacia el mar.
El celebérrimo verso de Jorge Manrique (c. 1440-1479) le habría ganado por sí solo un lugar en el canon de la poesía española, pero no solo el conocido verso de las
Coplas a la muerte de su padre evidencian un genio literario y un profundo pensador sobre el hecho de la mortalidad, y Jorge Manrique reflexionó sobre la fugacidad del tiempo, el misterio de la vida que se nos escurre entre las manos y no se puede retener:
Y pues vemos lo presente
cómo en un punto se es ido y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que a de durar lo que espera
más que duró lo que vio,
porque todo ha de pasar por tal manera.
El paso del tiempo supone un misterio, como escribió San Agustín con brillantez en sus
Confesiones:
«¿Qué es el tiempo? ¿Quién puede explicarlo fácil y brevemente? ¿Quién puede comprenderlo siquiera con el pensamiento, como para pronunciar una palabra sobre él? Pero ¿qué mencionamos en el discurso con más familiaridad y conocimiento que el tiempo? Y lo entendemos cuando hablamos de él; lo entendemos también cuando oímos hablar de él a otro. ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo a alguien que me lo pregunta, no lo sé; sin embargo, digo audazmente que sé que, si nada pasó, el tiempo pasado no fue; y si nada vino, un tiempo por venir no fue; y si nada fue, el tiempo presente no fue. Esos dos tiempos entonces, pasado y por venir, ¿cómo son, viendo que el pasado ahora no es, y que por venir todavía no es? Pero el presente, si siempre fuera presente y nunca pasara al tiempo pasado, ciertamente no sería tiempo, sino eternidad».
Qohélet lo expresó sucintamente cuando escribió que Dios «ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin» (Ecl. 3:11). Y no hay mucho más que añadir.