Pequeños placeres Las Estaciones del Año (6)
por S. Stuart Park Valladolid, 08 de Julio de 2022
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Iglesia de Grasmere |
Mi madre disfrutaba con los pequeños placeres de la vida, que le proporcionaban momentos de felicidad. Esperaba con impaciencia el té y las pastas en el establecimiento de Mrs. Pepper junto a Skelwith Force, un pequeño salto de agua que cuando éramos pequeños nos parecía como el de Niágara.
Otro lugar preferido era el café con vistas al río Rothay en Grasmere en su paso por la iglesia donde está enterrado William Wordsworth. Los pinzones venían a tomar migajas de nuestra mesa y dábamos de comer a las truchas que pueblan las aguas cristalinas debajo de la barandilla de la terraza.
Un año llovió a cántaros durante toda la semana, la niebla envolvía lagos y colinas, y volvíamos empapados de nuestros paseos. Tuvo que pasar un año entero para que pudiéramos volver, y nuestro ánimo estaba por los suelos cuando subimos al último tren para volver a casa.
Mientras tanto, en el Preston Grammar School asistía algunas veces durante el recreo a una pequeña reunión de la Unión Cristiana, no de muy buena gana, lo confieso, y no sin un sentimiento de incomodidad, ya que uno de los habituales era un compañero de clase bien conocido por su sombría piedad. En una ocasión habló un ganadero local, que tomó como su texto el extraño episodio cuando Eliseo «hizo flotar el hierro» que había caído al agua (2 Reyes 6:6), y eso es lo único que recuerdo de aquellos estudios.
No me sentía a gusto en las reuniones públicas, y me interesaba mucho más jugar al fútbol en el parque, donde tuvo lugar uno de mis más lamentables errores de juicio. Mi madre me había comprado con orgullo un nuevo uniforme escolar en la tienda de ropa de más renombre de la ciudad, para el día anual en el que iba a recibir el premio de latín y español.
El día de la ceremonia estaba lluvioso, el suelo encharcado, y como solíamos dejar las chaquetas para hacer de porterías, mi nueva prenda quedó completamente empapada. Llegué a casa como el hijo pródigo, pero no al recibimiento concedido por el padre de la parábola, sino a una tormenta de reproches, totalmente justificados, que aún resuenan en mis oídos. Me aseé y me cambié, y la entrega de premios tuvo lugar, pero mi chaqueta encogió irremediablemente, y ¡cómo habría deseado poder cambiar el curso natural de las cosas, como el hacha de Eliseo que flotó!
Durante mi primer año en la universidad, mis padres se mudaron a Brookside, una pequeña casa con jardín en las afueras de la ciudad. El jardín era el orgullo de mi padre. Colocó una enredadera en una de las fachadas con la esperanza de que anidara un papamoscas gris, y de vez en cuando veíamos pasar un martín pescador por el arroyo.
Así son mis recuerdos asociados con los veranos en la lluviosa Inglaterra, así que mejor volver cuanto antes a mi país de adopción, España.
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