por S. Stuart Park
El inmenso poeta Antonio Machado, profundamente afectado por la pérdida de su amada Leonor, tampoco veía con buenos ojos el otoño, y no quiso reconocer el simbolismo de las hojas caídas: solo anheló ver los brotes verdes de una esperanza que se había llevado el viento. En ‘Otoño’ confiesa:
El cárdeno otoño
no tiene leyendas
para mí. Los salmos
de las frondas muertas,
jamás he escuchado,
que el viento se lleva.
Yo no sé los salmos
de las hojas secas,
sino el sueño verde
de la amarga tierra.
Sus versos rezuman simbolismo, claro está, y su lamento alude a leyendas, salmos, y el sueño verde de la amarga tierra, que son el alma de la poesía. Así registró Machado aquel exilio interior que, dolorosamente para él, representaba la estación otoñal.
Otro gran poeta, autor del hermoso Salmo 137, compuso un lamento inolvidable al recordar junto con los exiliados de Judá su amada Jerusalén, siempre en su corazón, con la esperanza inquebrantable de volver:
Junto a los ríos de Babilonia,
Allí nos sentábamos, y aun llorábamos,
Acordándonos de Sion.
Sobre los sauces en medio de ella
Colgamos nuestras arpas.
(Salmo 137).
El salmo hebreo rezuma poesía pura, también, y aunque no pudieron cantar los cánticos de Sion, rotos por el dolor del exilio, ahí están los versos que han perdurado a través de los milenios para nuestro disfrute y consolación.
En esto reside el poder de la poesía que, tanto en tiempos de bonanza como en tiempos de adversidad, toca las cuerdas del corazón, como las de las arpas colgadas en los sauces de Babilonia, y que nos permiten a nosotros, también, acordarnos siempre de Sion.
La poesía transmuta en belleza los sentimientos más tristes, y las cárdenas hojas de Machado que vuelan desde las orillas del Duero han llevado consigo la melancolía que forma parte intrínseca del exilio del corazón.
Y para melancolía, la de su hermano Manuel, que se sentía triste, a veces, como una tarde del otoño viejo.