por S. Stuart Park
En alguna otra ocasión he recordado una conferencia que escuché al profesor vallisoletano don Santiago de los Mozos, en la que habló de cómo se conocieron los padres de Antonio y Manuel Machado en la ciudad de Sevilla en la década de los 1870. La historia resulta tan entretenida como instructiva.
Ana Ruiz Hernández y Antonio Machado Álvarez se conocieron de casualidad cuando una crecida del Guadalquivir a su paso por Sevilla atrajo la atención de los vecinos, que se asomaban a los puentes para ver unos delfines que habían subido por el río. Allí coincidieron los dos jóvenes, quienes, tras intercambiar saludos se hicieron novios, y ahí está la maravillosa poesía de Antonio y Manuel Machado Ruiz como fruto de su relación. Creo recordar que el profesor de los Mozos contó la anécdota para hacer ver que un fenómeno natural como el paso de los delfines debido a una crecida del río pudo generar tanta belleza, y tanta genialidad, como esta pequeña joya salida de la pluma de Antonio:
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero...
La suerte de Antonio fue trágica: perdió a su joven esposa Leonor y murió en el exilio en Francia, junto con su madre que murió allí, también, de pena. Distinta fue la vida de su hermano Manuel, pero en un poema titulado ‘Melancolía’ se entrevé aquella lucha que es propia de cualquier mortal en su paso por el mundo:
Me siento, a veces, triste
como una tarde del otoño viejo;
de saudades sin nombre,
de penas melancólicas tan lleno...
Mi pensamiento, entonces,
vaga junto a las tumbas de los muertos
y en torno a los cipreses y a los sauces
que, abatidos, se inclinan... Y me acuerdo
de historias tristes, sin poesía... Historias
que tienen casi blancos mis cabellos.
Hacia el final de su vida los hermanos gozaron de una estrecha relación epistolar y en una de sus cartas Manuel escribió: «Tu poesía no tiene edad. La mía sí la tiene». Contestó Antonio: «La poesía nunca tiene edad cuando es verdaderamente poesía». Motivos tenía Manuel de ‘saudades sin nombre’ y de penas y melancolía: ahí están las tumbas de sus familiares, los sauces y los cipreses que se inclinan, historias tristes sin poesía, y la llegada de la vejez.
La verdadera poesía no tiene edad, y en la próxima entrega contaré una pequeña anécdota personal sobre un poema de Antonio Machado que adquirió especial significado para mí.