por S. Stuart Park
En 1975 mi
alma mater norteamericana, la Temple University de Philadelphia, celebró el centenario del nacimiento de Antonio Machado con un congreso en el que participaron eminencias académicas como don Ricardo Gullón, entre otros críticos y poetas.
Como
doctorando de la Facultad de Literatura Hispánica fui invitado a leer una ponencia sobre uno de los poemas más hermosos que conozco,
A un olmo seco, de cuyo tronco con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes habían salido para sugerir que la esperanza no estaba del todo muerta.
Algunos años después volví a encontrar entre mis papeles aquella ponencia que, francamente, me pareció más que limitada, fruto de la inmadurez, y no sé cómo pude tener la osadía de leerla en medio de tanta erudición.
Lo que ha quedado grabado en la memoria no son los nervios y la precipitación, sino las palabras cariñosas de un hombre de porte distinguido que se acercó para felicitarme por mi trabajo. Ángel González (1925-2008), poeta ovetense galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Las Letras en 1985, y Académico de número, había presentado una ponencia magistral sobre Machado y el hecho de que se acercara para saludarme me tranquilizó y me llenó de satisfacción. Como ejemplo de su maestría, y por no perder la referencia estacional, aportamos este poema suyo titulado ‘El otoño se acerca’:
El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.
Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.
Y lo perdimos para siempre.
Mi recuerdo de Ángel González es de su gran generosidad, muy alejada de la soberbia de algunas figuras eminentes en el campo de las letras. Incluso en las de la teología -todo hay que decirlo- y la molestia que se tomó para hablar un momento conmigo le honra, y me hizo mucho bien.