por S. Stuart Park
El otoño transcurre a caballo entre el verano, que lo ha cargado de fructificaciones suaves y de plenitud, y el invierno, que lo desnudará de sus hojas hasta la llegada de la primavera. Emily Dickinson saludó los «días prosaicos» de otoño (pocos, decía) «A este lado de la nieve / Y a aquel lado de la niebla».
El maravilloso espectáculo cromático de los árboles en otoño atrae una multitud de visitantes a las zonas boscosas del noreste de Estados Unidos y Canadá. Y recuerdo bien el cambio de estación en el Estado de Nueva York, donde nos trasladamos en septiembre de 1971 para pasar unos meses en Castile, el pueblo donde vivía la madre de Verna.
Durante septiembre y octubre pasé varias semanas recolectando manzanas en una explotación frutícola, subiendo por una escalera alta y pesada que me costaba mover, para divertimiento de los experimentados lugareños que subían y bajaban como los ángeles sobre la escalera de Jacob.
Contemplaba desde lo alto de los manzanos, bajo un radiante cielo azul, los pájaros que se movían con agilidad en aquel bucólico lugar; el arrendajo azul, la oropéndola y el cardenal. Castile (Castilla en español) estaba situado en una zona rural muy hermosa con verdes colinas ondulantes y grandes extensiones de cultivo de maíz, y recuerdo la escarcha que cubría las manzanas más altas a primera hora de la mañana antes de que la disipara el sol, presagio de las grandes nevadas que llegarían con el invierno.
Hemos visto cómo el cambio de estación no afecta los ánimos de todos por igual, y Emily, que apenas salía de casa, saludaba con humor la llegada del otoño:
Las mañanas son más mansas,
Las nueces de tono más marrón;
La mejilla de la baya está más rechoncha,
La rosa se ha marchado de la ciudad.
El arce lleva una bufanda más alegre,
El campo un vestido escarlata.
Para no ser anticuada,
Me pondré una baratija.
Nuestra prosaica traducción no hace justicia a la hermosa sencillez de los versos de la reclusa de Amherst, pero expresan a la perfección su disfrute de las maravillas del mundo que Emily veía por su ventana, con «mente soleada», en espera de la tempestad:
Tal vez quede una ardilla
Mis sentimientos para compartir
Concédeme, oh Señor, una mente soleada
¡Tu voluntad ventosa a soportar!