por S. Stuart Park
Del Señor es la tierra y su plenitud -cantó el salmista David-, y todo lo que hay en el mundo nos ha sido dado para que lo disfrutemos con responsabilidad. Reconocer la procedencia divina de lo material condiciona nuestro empleo de los bienes que poseemos, y para recordarlo el Señor contó una parábola en respuesta a un ciudadano contrariado por la actitud egoísta de su hermano:
«Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia. Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor? Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios»
(Lc. 12:13-21). Varios asuntos de interés se desprenden de la enseñanza de Jesús. Él no es «juez o partidor» del fruto de nuestro trabajo o de una herencia familiar, y no intervendrá en su manejo o distribución. Al mismo tiempo, no le resultan indiferentes nuestras actitudes: muy al contrario, nuestra mayordomía de lo material pertenece al ámbito de lo espiritual, y el granjero rico era «necio» por no tener en cuenta a Dios.
La lección es clara, como Pablo escribió con la contundencia que le caracterizó: «A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Ti. 6:17).
El mensaje de la Biblia es equilibrado y saludable, ajeno tanto al ascetismo como al desenfreno, y no ve mérito alguno ni en la riqueza ni en la pobreza
per se. El propio Pablo aprendió esta gran lección: «Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil. 4:12-13).
En un mundo dominado por una minoría de plutócratas y oligarcas en el que millones de seres humanos viven en pobreza extrema, haremos bien en recordar el magisterio de Cristo: la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee, y es necio el que hace para sí tesoros y no es rico para con Dios.
«No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo» ̶ sentenció el sabio Qohélet (Ecl. 2:24) ̶ y, ¿quién le quitaría la razón? La plenitud del mundo natural es un don de Dios y, como tal, merece nuestro profundo respeto y máxima consideración.