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«LAS ESTACIONES DEL AÑO»      

      Se acerca el invierno
            Las Estaciones del Año (26)

por S. Stuart Park

    Valladolid, 25 de Noviembre de 2022

Naufragio
 

La cosecha que provee el pan nuestro de cada día colma la labor de agricultores y jornaleros en todo el mundo, y su falta o escasez por guerra o sequía puede resultar catastrófica, como se ha visto a lo largo de la Historia hasta el día de hoy.

En una de las narraciones más brillantes del Nuevo Testamento, digna de la Odisea de Homero o los Episodios Nacionales de Galdós, Lucas relata las peripecias de Pablo en su último viaje a Roma a bordo de un carguero de trigo que se vio envuelto en una tempestad y a punto estuvo de ir a pique. Después de sobrevivir a los vientos huracanados que finalmente rompieron el navío en dos, el apóstol y demás prisioneros y tripulantes llegaron a Malta, donde fueron recibidos con bondad por los habitantes de la isla:
«Estando ya a salvo, supimos que la isla se llamaba Malta. Y los naturales nos trataron con no poca humanidad; porque encendiendo un fuego, nos recibieron a todos, a causa de la lluvia que caía, y del frío» (Hch. 28:1-2).
La descripción de la tempestad, el manejo de los aparejos y los intentos desesperados de la tripulación por salvar el navío, que tuvieron finalmente que arrojar el cargamento de trigo por la borda, muestran la pericia de un gran narrador:
«Cuando se decidió que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía Augusta. (…) Navegando muchos días despacio, y llegando a duras penas frente a Gnido, porque nos impedía el viento, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón. Y costeándola con dificultad, llegamos a un lugar que llaman Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea. (…) Y siendo incómodo el puerto para invernar, la mayoría acordó zarpar también de allí, por si pudiesen arribar a Fenice, puerto de Creta que mira al nordeste y sudeste, e invernar allí. Y soplando una brisa del sur, pareciéndoles que ya tenían lo que deseaban, levaron anclas e iban costeando Creta. Pero no mucho después dio contra la nave un viento huracanado llamado Euroclidón. (…) Pero siendo combatidos por una furiosa tempestad, al siguiente día empezaron a alijar, y al tercer día con nuestras propias manos arrojamos los aparejos de la nave. Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos» (Hch. 27:1-20).
Cuando parecía que todo estaba perdido un ángel se puso al lado de Pablo y le dijo: «Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo» (Hch. 27:24). Y así fue: todos llegaron a salvo, a nado o agarrados a las tablas del navío. Más allá de la isla de Malta, en el horizonte de Pablo se divisaba la capital del imperio, Roma, donde testificaría ante César, llevado de la mano por Jesucristo, el soberano Rey.

Se acerca el invierno, y podemos sentirnos seguros, agarrados no a las tablas de un navío roto sino asidos por Cristo, en palabras de Pablo, procurando tener una «mente soleada» para soportar la «voluntad ventosa» del Señor.


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