por S. Stuart Park
El invierno trae estampas de gran belleza, como la lenta caída de grandes copos de nieve desde un cielo gris plomizo, la escarcha sobre los campos, o las cumbres nevadas de una lejana serranía iluminadas por un sol radiante. El invierno me gusta: se ven con nitidez los perfiles de los árboles, la filigrana de su ramaje, y los nidos viejos, escondidos en la época de verano.
Un año, recuerdo, escuchamos con asombro un zorzal charlo (
turdus viscivorus en latín, llamado así por su predilección por las bayas de muérdago), posado en lo alto de un fresno desnudo desafiando un viento huracanado durante horas, lanzando su fuerte canto musical con desdén absoluto por la dureza de la intemperie.
El viento invernal incomoda, y puede acarrear peligro, pero al decir de un personaje de William Shakespeare, hay un fenómeno peor:
Sopla, sopla, viento invernal,
Pues daño nunca harás
Como la ingratitud.
Quien pronuncia estas amargas palabras lamenta el desengaño sufrido por una amistad que creyó sincera, y la ingratitud, tan frecuente en la sociedad humana, puede helar el corazón. La obra en cuestión,
Cómo gustéis (1599), es una comedia, considerada por algunos como una obra menor del Bardo de Stratford, pero que contiene algunas de las líneas más famosas del dramaturgo. Como muestra, este botón, el discurso sobre las siete edades del hombre, pronunciado por el melancólico Jacques. Comienza así:
Todo el mundo es un escenario
y todos los hombre y mujeres
son meros actores,
tienen sus entradas y sus salidas,
y un hombre puede representar muchos papeles.
La hipocresía, la ocultación del rostro verdadero de la persona detrás de una máscara, es lo contrario del «amor no fingido» que encomia Pablo (Romanos 12:9), y puede hacer tanto daño como la ingratitud. Lo reconoció en un desesperado soliloquio Macbeth:
La vida no es más que una sombra que camina,
un pobre jugador que se pavonea y se agita durante su hora en el escenario
y luego no se oye más.
Es un cuento contado por un idiota, lleno de sonido y furia
que no significa nada.
El tema no es menor, y Pablo sintetiza el radical problema del ser humano en su fatal rechazo de Dios con esta lapidaria frase: «Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios,
ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido» (Romanos 1:21). Aquella ingratitud, pensamos, heló el corazón de Dios.