por S. Stuart Park
No faltan, en cambio, motivos para la gratitud. Cada nuevo día es un regalo de Dios, y esta misma mañana al mirar por la ventana sobre el césped escarchado del jardín, me ha invadido el sentimiento que con tanta delicadeza plasmó el poeta murciano Eloy Sánchez Rosilla:
Miro mi mano: qué cuidado pone
cuando intenta decir en el papel
este rayo de sol que me regala
la mañana de enero.
Creamos porque hemos sido creados, dijo George Steiner, y al mirar la mano que procura reflejar con palabras el sol que le regala la mañana de enero, el poeta es consciente del cuidado que ha de poner, el esmero que requiere hacer honor al regalo matutino del hermoso rayo de sol.
La construcción de lo verbal es, por lo que sabemos, única y esencialmente humana, en palabras de Steiner, y si el don de la palabra nos distingue como seres humanos, la poesía representa la cima de la capacidad lingüística que Dios nos ha concedido. «La poesía revela este mundo; crea otro» ̶ escribió el inmenso poeta mexicano Octavio Paz ̶ , y al «decir en el papel este rayo de sol», el poeta refleja la creatividad de Dios.
Al mirar mi propia mano mientras escribo, en esta mañana fría y soleada me doy cuenta de lo limitada que es mi capacidad expresiva, y dudo si estas modestas líneas sirven para expresar la sensación que me ha invadido esta mañana, como al poeta Sánchez Rosilla, que con pocas palabras ha evocado un mundo. Tiene razón: el sol de enero es un regalo, y aunque el momento pasará fugaz, al captarlo sobre el papel la escena permanece grabada en nuestra retina.
El mundo natural es obra de Dios, y al contemplar la bóveda del cielo al salmista le pareció que los dedos del Creador habían hecho una labor de orfebrería de exquisita belleza, en contraste con su propia torpeza y pequeñez:
Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria,
Y el hijo del hombre, para que lo visites?
(Salmo 8).
Al terminar esta breve reflexión me para en seco una voz, la de un pequeño petirrojo que lanza su canto desde lo alto de un árbol cercano, sin complejos ni titubeos, atento, tal vez, a la palabra inaudible de los cielos. David también la oyó, y dijo (Sal 19):
Un día emite palabra a otro día,
Y una noche a otra noche declara sabiduría.
No hay lenguaje, ni palabras,
Ni es oída su voz.
No faltan, ciertamente, motivos de gratitud en una fría mañana de invierno.