por S. Stuart Park
El tema de la culpabilidad y los remordimientos aparece con frecuencia en Shakespeare, y en la tragedia de
Macbeth (conocida como la obra escocesa) el dramaturgo explora la ambición desbordada y el hambre de poder que llevaron a la esposa de Macbeth al suicidio, y culminaron en el asesinato de su marido.
Avisado por las tres brujas de que sería rey de Escocia, Macbeth, instigado por su esposa, asesina a su primo Duncan, el rey legítimo, un acto que provoca una cadena de asesinatos hasta la muerte de sus protagonistas.
Entre las escenas más célebres de la obra figuran el discurso de
lady Macbeth que, sonámbula, ve sangre imaginaria en sus manos, autoinculpándose en presencia de su médico, y el soliloquio desesperado de su marido, que reconoce que la mancha de su delito nunca se podrá borrar, y teñirá de rojo carnoso al mismo mar:
¿Limpiará el gran océano de Neptuno esta sangre
de mi mano? No; esta mi mano más bien
los mares tempestuosos encarnará,
haciendo el verde rojo.
El papel instigador de
lady Macbeth tiene su paralelo en la figura bíblica de la perversa reina Jezabel, que manipula a su débil marido Acab a su antojo, con consecuencias desastrosas; y la tragedia del propio Macbeth recuerda la de Saúl, el primer rey de Israel, que no ambicionó ser rey, pero se aferró a su trono en contra de la voluntad de Dios.
La historia de Saúl, patética y trágica a la vez, traza la deriva de un joven admirable, querido por el pueblo, en su descenso hacia los celos, la paranoia, y la saña asesina contra su rival David. Como Macbeth con las brujas, Saúl en su desesperación consulta con una adivina, cuya comunicación le llena de pavor, y se suicida en la batalla de Gilboa para evitar ser capturado por los filisteos.
La historia de Saúl y David no es una obra de teatro como la de Macbeth, aunque sí una narrativa magnífica que descubre la gracia de la redención. David reverenció al rey Saúl aun cuando este le perseguía, y respetó su vida aun cuando la tuvo en su poder. Tras su muerte David endechó a Saúl y a su hijo Jonatán:
Hijas de Israel, llorad por Saúl
Quien os vestía de escarlata con deleites,
Quien adornaba vuestras ropas con ornamentos de oro.
¡Cómo han caído los valientes en medio de la batalla!
¡Jonatán, muerto en tus alturas!
(2S. 1:25-26).
En ello consiste la gloria de la narrativa bíblica, atenta siempre al mensaje de redención. Lo había dicho el Señor a Israel: «Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana» (Isaías 1:18). La Biblia proclama el evangelio, la dicha del perdón.