por S. Stuart Park
Los pájaros nos necesitan, especialmente en invierno cuando aprieta el frío, y se merecen nuestro cariño y protección. Kim Heacox, un escritor norteamericano que reside en Alaska expresa su admiración por las proezas de algunos pequeños seres alados en su paso migratorio por el mundo:
«El pasado otoño, los responsables de la protección de la naturaleza anunciaron que un pájaro, una aguja colipinta macho, voló sin parar a través del Océano Pacífico 8.100 millas desde Alaska hasta Australia en poco menos de 10 días. Equipada con una pequeña etiqueta de satélite alimentada por energía solar, la aguja logró “un récord de vuelo de aves terrestres". Pero, por supuesto, las agujas han estado haciendo esto durante siglos. El próximo mes de abril-mayo, si todo va bien, las agujas harán el viaje a la inversa, con destino a Alaska para anidar y criar a sus hijos».
No estarán solas.
«Las collalbas norteñas, pájaros cantores de menos de 15 centímetros, llegarán a Alaska desde el África subsahariana. Los charranes árticos volverán de la Antártida, y cada ave volará el equivalente a tres viajes de ida y vuelta a la luna en una sola vida. Los gansos de cabeza de barril volarán sobre el Himalaya a alturas superiores a los 6.000 metros».
La población mundial de aves ha disminuido de manera alarmante en el último medio siglo, y los pájaros nos necesitan. También los necesitamos a ellos. He escrito en algún lugar acerca del valor terapéutico de las aves, y cada vez que oigo el canto del petirrojo en invierno siento un placer inexplicable y una honda satisfacción. Vuelvo al texto de Kim Heacox:
«Ponga un comedero de pájaros en la ventana de una residencia de ancianos y vea cómo se alegran los pacientes que están dentro. Los pájaros traen felicidad y mejoran la salud. Un estudio europeo sugiere que un patio trasero lleno de pájaros genera mayor satisfacción humana que un modesto aumento de sueldo. Nuestra supervivencia y bienestar mental están íntimamente ligados a la salud de las tierras, las aguas y la biodiversidad; nada lo demuestra mejor que las aves silvestres».
No importa dónde vivimos, en una casa con jardín o un piso con balcón, podemos poner un comedero con semillas y vendrán pájaros pequeños como el carbonero, el colirrojo tizón o el herrerillo, entre otros, si tenemos suerte.
En un artículo anterior hablé del petirrojo que aparece en el cuadro de Millais, y de nuestro encuentro con la señora que iba todos los días para alimentar a una pareja de petirrojos en el río donde el artista pintó el bucólico entorno de Ofelia. Pensé que el artista lo había incluido por capricho, pero ahora pienso que mientras almorzaba tendido en la hierba junto a su obra, echaba migajas al petirrojo que le hacía compañía, y allí está, retratado para la posteridad, en el Museo Tate Britain de Londres.
«Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial los alimenta» -dijo el Señor- y al echar de comer a unos sencillos gorriones participamos en el cuidado que de ellos tiene su Creador.