por S. Stuart Park
La vejez trae sabiduría, según se dice, y aunque no sé si esto es cierto siempre, no cabe duda de que el paso de los años invita a valorar la moderación y huir de los extremos que caracterizan la época juvenil.
Mis pacientes lectoras y lectores saben que estos artículos no pretenden abanderar una determinada confesión religiosa, ni atacar a otra, y que se centran en Cristo «para que en todo tenga la preeminencia», como escribió Pablo (Colosenses 1:18), por lo que no parecerá un intento de promover una determinada manera de organizar el culto si cito el Prefacio del
Libro de Oración Común de la iglesia anglicana de 1662.
Lo hago porque en el lenguaje pulcro y ponderado de la época de máximo florecimiento de la lengua inglesa, los autores expresan a la perfección el meollo del asunto:
«Ha sido la sabiduría de la Iglesia de Inglaterra, desde la primera compilación de la Liturgia Pública, mantener el medio entre los dos extremos, de demasiada rigidez en el rechazo, y de demasiada facilidad en la admisión de cualquier variación de esta. Porque, por un lado, la experiencia común muestra que cuando se ha hecho un cambio de las cosas establecidas con prudencia (sin necesidad evidente que lo requiera) se han producido diversos inconvenientes; y estos son muchas veces mayores que los males que se pretendía remediar con dicho cambio.
Por otro lado, las formas particulares del culto divino, y los ritos y ceremonias designados para ser usados en él, siendo cosas en su propia naturaleza indiferentes, y alterables, y así reconocidas; es razonable, que tras reflexiones considerables y de peso, de acuerdo con las diversas exigencias de los tiempos y ocasiones, tales cambios y alteraciones deben ser hechas en él, por aquellos que están en lugar de Autoridad cuando parezca necesario o conveniente».
Distinguir lo esencial de lo superfluo, discernir lo auténtico frente a lo espurio y apreciar lo serio en medio de la teatralidad, son logros conseguidos en las postrimerías de la vida que, aunque traigan decepción, a veces, y una cierta soledad, son dignos de valorar.
Por este motivo también, me imagino, procuro alternar en estos escritos lo espiritual con lo material, lo eterno de lo cotidiano, lo divino con lo humano, para no caer en una morbosa obsesión con lo religioso ya que, si bien resulta trágico anular el aspecto trascendente de nuestras vidas, debemos, en igual medida, tener los pies bien plantados en el suelo.
En el aspecto estrictamente religioso, recuerdo una frase de José Jiménez Lozano, cuando escribió, citando a Karl Barth, que «cuanto más cristocéntrico, más ecuménico se es», no en un sentido político o institucional sino afectivo y personal, y con el paso de los años le doy cada vez más la razón.
«En la razón también hay libre albedrío» ̶ sentenció John Milton ̶ , y la libertad de conciencia produce respeto en vez de confrontación, una vía media, ni demasiada rigidez ni su contrario, la falta de rigor. Quienes escribieron el Prefacio del
Libro de Oración Común lo vieron claro, y agradezco su sabiduría y moderación.