por S. Stuart Park
Nunca hubo una cosa tan bien concebida por el ingenio del hombre, ni tan firmemente establecida, que con el paso del tiempo no se haya corrompido.
Con estas sabias palabras los autores del
Libro de Oración Común justificaron su publicación, citando como ejemplo la inclusión de «historias inciertas, leyendas y vanas repeticiones»:
«Y además, mientras que San Pablo quería que se hablara al pueblo en la iglesia en un lenguaje que pudiera entender y sacar provecho de él, el servicio en esta Iglesia de Inglaterra durante muchos años se ha leído en latín al pueblo, que no entiende, de modo que sólo ha escuchado con sus oídos, y su corazón, espíritu y mente no han sido edificados por ello».
San Pablo, en efecto, se empleó extensamente en la denuncia de un error aparentemente común en la iglesia de Corinto fundada por él, donde se valoraba la comunicación en una lengua desconocida por encima del uso natural y familiar del lenguaje. El asunto viene de lejos:
«Ahora pues, hermanos, si yo voy a vosotros hablando en lenguas, ¿qué os aprovechará, si no os hablare con revelación, o con ciencia, o con profecía, o con doctrina? Ciertamente las cosas inanimadas que producen sonidos, como la flauta o la cítara, si no dieren distinción de voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con la cítara? Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire. Tantas clases de idiomas hay, seguramente, en el mundo, y ninguno de ellos carece de significado. Pero si yo ignoro el valor de las palabras, seré como extranjero para el que habla, y el que habla será como extranjero para mí. Así también vosotros; pues que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia» (1 Co. 14:6-12).
Con el paso del tiempo las cosas se corrompen, y lo que es más sorprendente, los errores se repiten, como cualquier observador de la iglesia, la política y la sociedad sabrá.
Y ¿qué diremos de nosotros mismos, de nuestro propio corazón? ¿Qué ha pasado con la hermosa creación de Dios, y con el hombre, creado a su imagen y semejanza? Escribió el sabio Qohélet: «Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos (…) He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones (Ecl 3:11; 7:29). El propio Pablo va más allá, y sentencia: «No hay justo, ni aun uno» (Ro. 3:9).
Pero hay esperanza: la Naturaleza misma nos alecciona. Dijo el Señor: «De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto» (Juan 12:24).
En pleno invierno el mundo natural parece muerto, pero debajo de la superficie de la tierra se prepara un milagro, y no tardando mucho se verán los brotes de nueva vida. La Naturaleza en invierno está dormida, y su muerte aparente no es más que un profundo sueño.