por S. Stuart Park
La época invernal, en contraste con las demás estaciones del año, produce un parón aparente en la actividad visible de la vegetación. Significa que no hace falta regar las plantas ni cortar el césped; pero los árboles y arbustos no están muertos, aunque lo parezcan, sino que pasan el invierno en una fase de reposo en la que los procesos vitales esenciales continúan a un ritmo mínimo.
Este periodo de letargo, en el que las plantas funcionan, pero no crecen, llega con el descenso de las temperaturas y la reducción de la duración del día que trae consigo el invierno. Pero este letargo es mucho más que un periodo de suspensión de la animación, según cuentan los científicos. Es en parte un mecanismo de supervivencia, y en parte un ejercicio de limpieza, que ayuda a las plantas a prepararse para los días más cálidos que se avecinan, algo parecido al período de hibernación de algunas especies de animales como el oso.
Al escribir estas líneas observo el perfil inerte de los árboles, pero sé que, en primavera, no tardando mucho, se producirá una explosión de vida nueva. Algo parecido, aunque de índole infinitamente mayor, sucederá con nuestros cuerpos mortales después de la muerte.
«Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho» ̶ escribió Pablo (1 Co. 15:20) ̶ , dando a entender que la muerte física significa una suerte de sueño invernal antes de la primavera de la Resurrección.
No se trata de una mera vuelta a la vida normal, como en el caso de Lázaro o el hijo de la viuda de Naín, sino de una transformación. En un extenso capítulo de su Primera Carta a los Corintios, Pablo apela a otra lección de la Naturaleza para ilustrar esta idea. Como el grano que se deshace en la tierra y muere produce un cuerpo más glorioso, nuestro propio cuerpo mortal será transformado en la Resurrección.
«Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo» (1 Co. 15:35-38).
«Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual» (1 Co. 15:42-44).
«Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria» (1 Co. 15:53-54).
En estos fríos días de invierno, fijémonos en el mundo natural, que nos habla sin palabras, y enseña una grandiosa lección.