por S. Stuart Park
Según todos los indicios, en tiempos recientes la llegada de la primavera se está adelantando, y este año, ciertamente, los narcisos comienzan a asomarse antes de lo habitual, y pequeñas flores como la campanilla y el crocus se dejan ver en todo su diminuto esplendor.
Una de las evocaciones más hermosas de la llegada de la primavera se encuentra en el
Cantar de los Cantares, y aunque el cambio de estación no se producirá oficialmente hasta dentro de unos días, tomaremos la licencia de seguir el tempranero ejemplo de la higuera y las vides de Salomón:
Porque he aquí ha pasado el invierno,
Se ha mudado, la lluvia se fue;
Se han mostrado las flores en la tierra,
El tiempo de la canción ha venido,
Y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola.
La higuera ha echado sus higos,
Y las vides en cierne dieron olor.
En los parques y jardines los carboneros y los herrerillos, los petirrojos y las currucas ya forman pareja, y pronto comenzará la frenética actividad de nidificación, puesta de huevos, y alimentación de nuevas familias por doquier.
Al observar la Naturaleza empleamos inevitablemente términos antropomórficos para describir su comportamiento: atribuimos paciencia a la garza que pasa horas inmóvil en las aguas del río, nerviosismo a los gorriones cuando ven asomarse el gavilán, o frenetismo en su incesante actividad.
Un amigo me envía esta evocación de uno de mis pájaros favoritos, titulada
Las razones del mirlo, de Reinaldo Jiménez, que pone las cosas en su sitio. Describe su hermoso canto como «pura caducidad»:
Lo que quiera decir se desvanece,
pues no ocupa lugar, solo el instante,
ni siquiera el vacío ni el silencio
tras el eco propagan
sobre la piel del aire sus razones.
(…)
Vive cerca de mí, pero no asume
Lo que mis ojos ven como una estancia,
Como ese afán de hacerse sucesivos;
Habita en un lugar llamado
Ahora.
Pura caducidad: mas ¡qué placer oírlo, tras meses de silencio e inactividad! «Ave inmortal» llamó Keats a su Ruiseñor, y aunque el fugaz canto de los pájaros se lo lleva el aire, ¡cuánta belleza y, para nosotros, cuán poderosas son sus intuiciones de inmortalidad!