por S. Stuart Park
No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros (Jn. 14:1-2).
Esta hermosa promesa hecha a los discípulos en el aposento alto no muchas horas antes de la Cruz, viene refrendada por una solemne confesión:
si así no fuera, yo os lo hubiera dicho. No se trata, pues, de una ilusión piadosa o un engaño, sino de una realidad irrefragable, la palabra firme de Jesús.
El ‘viaje definitivo’ conduce a la casa del Padre, donde el Hijo ha ido por delante para preparar lugar para nosotros. ¿Cómo llegaremos hasta allí? preguntó Tomás: «Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Jn. 14:6). Cristo nos acompaña en el camino, es el árbitro de nuestro destino, y a su veracidad podemos fiar nuestra frágil vida.
El apóstol Pablo tuvo claro cuál era su propio destino al final de los duros acontecimientos de la vida: «Por tanto, no desmayamos; antes, aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Co. 4:16-17).
«Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo -escribió- porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día» (2 Timoteo 1:12). ¿Cómo obtuvo Pablo la certeza de las «cosas que no se ven»? La obtuvo porque había conocido al Cristo resucitado en el camino de Damasco, un encuentro que cambió su vida para siempre.
Viene a la mente la escena que tuvo lugar en Betania, la aldea de Marta, María y Lázaro, tres hermanos muy queridos por Jesús, quienes en medio de su dolor escucharon estas magníficas palabras del Señor:
«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente» (Jn. 11:25-26).
«¿Crees esto?» -le preguntó a Marta- y su respuesta debió de llevar una honda satisfacción al alma de Jesús: «Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo» (11:27).
Jesús mismo había dicho al principio de su ministerio: «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán» (Jn. 5:24-25).
La Resurrección de Cristo enseñó el camino de la vida y abrió de par en par las puertas de la eternidad.