por S. Stuart Park
En defensa de su apostolado y misión, Pablo relató ante las autoridades la experiencia de su encuentro con el Resucitado en el camino de Damasco en al menos tres ocasiones, porque el gran escollo de la crucifixión del Mesías como un «maldito» según la ley judía, había quedado resuelto por la Resurrección. Escribió:
«Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne,
que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos» (Romanos 1:1-4)
Llama la atención la manera en que Pablo identifica el evangelio que predicaba con el testimonio de las «santas Escrituras», algo que no habían entendido los primeros testigos de la Resurrección de Jesús. Cuando Pedro y Juan se asomaron a la tumba vacía quedaron asombrados, «porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos» (Jn. 20:9). Los propios discípulos de Emaús tampoco habían entendido las Escrituras, y no creyeron el testimonio de las mujeres que habían acudido al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús.
Era lógica su sorpresa, por otra parte, porque ¿en qué cabeza cabía la posibilidad de que aquel cuerpo ensangrentado pudiera volver a la vida? Por ello, los evangelistas presentan, entre las pruebas materiales de la Resurrección, el hecho de la tumba vacía. Cuentan cómo las mujeres fueron «al amanecer», «muy de mañana», «siendo aún oscuro» (así recalcaron lo urgente de su misión), y la encontraron vacía, aunque no del todo, porque en el interior los lienzos estaban puestos, y el sudario enrollado en un lugar aparte, como si el cuerpo de Jesús se hubiera desvestido de ellos tranquilamente y con calma.
¿Son convincentes las evidencias de la Resurrección? He relatado en otra parte (
El lucero de la mañana, de esta misma editorial) cómo en el frío anochecer de un día del mes de noviembre en 1965, sentado en mi pequeña habitación en Cambridge, con el abrigo y la bufanda puestos porque no me quedaban chelines para alimentar la estufa de gas, comencé a leer el libro titulado
¿Quién removió la piedra? de Frank Morison, un abogado hostil al cristianismo que se había propuesto investigar el mito de la resurrección de Jesús para demostrar su falsedad, y que había terminado convencido de su veracidad.
Acabé la lectura hacia las tres de la madrugada, con la sensación de haber presenciado la escena más importante de la Historia. Dicha sensación no me ha abandonado nunca, y mi deuda con Frank Morison es grande.
Cuando llegué a Madrid en 1967 tuve la oportunidad de exponer, en toda mi inocencia y bisoñez, las evidencias de la Resurrección tal como las había argumentado Frank Morison, y cuál no sería mi sorpresa cuando un joven evangélico, estudiante de Medicina, se acercó a mí después de una de mis conferencias, y dijo: «la resurrección de Jesús no se puede demostrar con argumentos de tipo racional». Quedé desinflado, y algo contrariado, pero ahora entiendo lo que quería decir, y comparto su opinión. El estudiante se llamaba Rufo Rodríguez, que ha ejercido como médico patólogo en Toledo hasta su jubilación, y ahora nos une una gran amistad. Trataré de explicar por qué, a mi juicio, aquel joven estudiante tenía razón.