por S. Stuart Park
Hemos reconocido que una argumentación «racional» en defensa de la resurrección de Jesús, por coherente que sea, resulta insuficiente ya que presupone una aceptación de la veracidad de los relatos evangélicos. Incluso admitida esta, surge la cuestión de qué tipo de lenguaje se trata: ¿la descripción de hechos brutos, o una ficción piadosa, el llamado «lenguaje de la fe», como propone Xavier Léon-Dufour?
El lenguaje de los relatos evangélicos es claramente selectivo, y su finalidad es producir fe en el lector. Lo dijo Juan: «Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn. 20:30-31)
Se trata, por tanto, del lenguaje de la fe, pero no en detrimento de la historicidad del relato (la piedra fue quitada, el sepulcro estaba vacío, y el cuerpo de Jesús no estaba allí), sino para comunicar algo humanamente imposible, pero enteramente plausible desde el punto de vista de Dios. El propio Pedro en el Día de Pentecostés declaró, pletórico de valentía y fe:
Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a este, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella. (Hechos 2:22.24).
Pedro no tenía duda alguna acerca del hecho de la tumba vacía de Jesús, y retó a sus oyentes a comprobarlo por sí mismos:
Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy. Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. (Hechos 2: 29-32).
El discurso de Pedro proporciona un hermoso ejemplo de la concordancia entre las «santas Escrituras» y los hechos materiales de la Resurrección: David profetizó que el cuerpo de Jesús no vería corrupción (Salmo 16:10), y ahí estaba la tumba vacía como testigo mudo del cumplimiento de su profecía.
¿Se trata de lenguaje «simbólico»? Sin duda, pero no en detrimento de la historicidad de la Resurrección, sino para iluminar su significado. En ello consiste el genio de los autores inspirados de la Biblia, como veremos a continuación.