por S. Stuart Park
El paso de las estaciones nos recuerda que nuestras vidas avanzan inexorablemente también, y en la próxima serie de artículos recorreremos las siete edades del hombre, en frase de William Shakespeare, para reflexionar a partir de historias de antaño, con nostalgia, pero no sin esperanza. El apóstol Pablo, en un texto maravilloso, contrastó la esperanza del creyente con las tribulaciones que acompañan a la vida:
«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Romanos 5:1-5).
Pablo resume magistralmente la experiencia del creyente en su paso por el mundo. Comienza con una certeza, arraigada en lo que Cristo ha hecho por nosotros, inamovible, la justificación por la fe que nos sitúa en el terreno de la gracia, y nos proporciona la paz con Dios. Nuestro futuro está asegurado, y no hay nada que temer.
Esta mañana oí en la radio la hermosa melodía de J.S. Bach, ‘Jesús alegría de los hombres’, en versión pianística, y un oyente comentó: «Esta música me dice a la mente y al corazón que todo saldrá bien al final»; y cuánta razón tenía.
Después de apelar a nuestra mente, Pablo también apela a nuestro corazón. Las dificultades nos acompañarán siempre, pero las podremos sobrellevar por el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por su Espíritu. Las tribulaciones producen paciencia, la certeza de que pasarán un día, y la paciencia produce madurez.
La esperanza que tenemos es firme —dice Pablo—, y no defraudará. Un conocido himno que, de paso, proporcionó el título de nuestro blog, lo expresa a la perfección:
Oh, Dios eterno, tu misericordia,
Ni una sombra de duda tendrá;
Tu compasión y bondad nunca fallan,
Y por los siglos el mismo serás.
¡Oh, tu fidelidad! ¡Oh, tu fidelidad!
Cada momento la veo en mí.
Nada me falta, pues todo provees,
¡Grande, Señor, es tu fidelidad!
La noche oscura, el sol y la luna,
Las estaciones del año también,
Unen su canto cual fieles criaturas,
Porque eres bueno, por siempre eres fiel.
Una nota de esperanza con la que ponemos fin a nuestra reflexión.