El poder de la memoria Las siete edades del hombre (21). Adolescencia.
por S. Stuart Park Valladolid, 20 de Octubre de 2023
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Preston North End |
No soy capaz de entender por qué ciertas cosas, aparentemente sin trascendencia, permanecen grabadas en la memoria para siempre mientras que otras, más importantes sin duda, se han disipado como la niebla matutina cuando sale el sol.
En el colegio no fui un alumno destacado, pero hice lo suficiente para aprobar los exámenes, que siempre se me daban mejor que los estudios rutinarios. Recuerdo que en una ocasión suplicamos a Mr. Jones que nos librara de los deberes de latín porque nuestro equipo jugaba un partido de copa contra el Bolton Wanderers esa misma tarde, y aquel compasivo caballero accedió, no sin lamentar amargamente nuestra falta de ambición.
No olvido la sensación de desazón que me invadía en el descanso de los partidos pensando que debía haber estado estudiando en vez de perder mi tiempo así (mi madre intentó infructuosamente quitar mi afición al fútbol), y cuando la lluvia azotaba los cristales sentía una cierta tristeza porque mi padre trabajaba a la intemperie, no como los padres de algunos compañeros que venían de familias más acomodadas.
En tono más positivo, cuando preparaba los exámenes de los que dependería mi acceso a la universidad, esperaba con ilusión los jueves por la tarde porque era el día que dedicaba al latín (mi asignatura favorita, a pesar de todo). Camino de casa compraba un delicioso bocadillo de pollo con mayonesa mientras mi madre encendía la chimenea en el pequeño salón que solo se usaba para visitas. De este modo pude dedicar tres horas sin distracciones o contratiempos para hacer mis lecturas y traducciones, y aprender el nuevo vocabulario.
Nunca aprendí el arte de la memorización, algo que ahora echo en falta. Dicen que hay quien aprende de memoria la Divina Commedia o el Paraíso Perdido, pero confieso que recuerdo resultados de partidos de fútbol con mayor exactitud que fechas históricas, poemas épicos o fórmulas matemáticas, naturalmente.
Mi gusto por el latín, además de moldear mis conocimientos de la lengua española, me dio nota suficiente para poder ingresar en la universidad, y le debo más al bueno de Mr. Jones de lo que se podría imaginar. Cuando obtuve la plaza en Cambridge, el punto de inflexión más importante de mi vida, mis padres se pusieron muy contentos y hasta el director me felicitó y me libró del último trimestre para que pudiera pasar unos meses en Francia y España antes de ir a la universidad. Uno de los profesores, conocedor de nuestra estrechez económica, llamó al timbre de casa para ofrecernos 50 libras para los gastos del viaje.
Por último, una palabra de gratitud hacia mis padres, que nunca tuvieron la oportunidad de estudiar y de quienes solo recibí apoyo. Nunca me agobiaron, ni fueron a hablar con los profesores, algo que antes se veía normal. Cuando fui director de un colegio en Valladolid (¿quién lo iba a decir?) aprendí una dura lección: hoy día el problema para la docencia no viene tanto de los alumnos como de sus progenitores. Pero esa es otra historia, y dejaremos los recuerdos de nuestra adolescencia aquí.
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